Los demonios de la prensa

Si este lunes hubiera aterrizado un extraterrestre y hubiera leído la prensa afecta al régimen del bipartidismo (o, lo que es lo mismo, el 90% de los periódicos y televisiones) habría pensado que un partido llamado Podemos, que debía ser muy de centro y muy querido por la prensa, se convirtió de repente y en un solo fin de semana en un partido ultra radical, una mezcla del PCUS, del PCCh, de los jemeres rojos y del Partido Comunista del Infierno si lo hubiera. Todos barriendo para casa, desde el PP hasta los del PSOE, que han llegado a hablar del Pablismo-Leninismo (!!!)

Pero nada nuevo bajo el sol. No olvidemos que esto es lo que llevan diciendo y haciendo desde que se fundó Podemos hace 3 años, intentando imponer su relato, su realidad paralela (o postverdad que dicen ahora) para convertirla en hecho.  Todavía recuerdo que cuando faltaban apenas unas semanas para las elecciones del 20–D (2015), un sociólogo y candidato a diputado de una de las patas del bipartidismo, en la presentación de un libro suyo, comentaba que las encuestas daban un Podemos inflado y que,  en el momento de la verdad, cuando los ciudadanos depositaran su voto en la urna, sus resultados no iban a ir mucho más allá que el mejor resultado de IU con Anguita allá por 1996

Cuando escuché esto, pensé que, o bien no era un buen sociólogo, porque confundía su se deseo con la realidad, o bien no era buena persona, porque a sabiendas de la obviedad del buen resultado que se esperaba de Podemos, acompañado de un sonoro batacazo de su partido, utilizaba su condición de profesional de la sociología para intentar influir  y desanimar al electorado apelando, una vez más, al voto útil. Cualquiera de las opciones, no le dejaba bien parado.

Y en ese bucle continuo de manipulación interesada está la prensa de nuestro de país desde hace tres años: cuando Podemos no se presentó junto a IU, Alberto Garzón era el chico bueno de la izquierda, ese republicano moderado, que no molestaba al régimen y al que había que votar en contraposición del diablo morado y con coleta, pero ¡ay! amigos… en cuanto se anunció que Podemos e Izquierda Unida se presentarían juntos a  las elecciones del 26-J pasamos a tener dos diablos: uno  morado y otro rojo. A pesar de todo, Unidos Podemos mantuvo el tipo y se convirtió, de facto y tras la rendición del PsoE al PP,  en el primer partido de la oposición

¿Qué hacer, entonces, para debilitar a Podemos?,  se debían preguntar los de siempre mientras se rascaban la cabeza (y algunos la calva o la barba).  Pues ante la resistencia al bombardeo exterior habría que intentar minar desde el interior: aprovechando que Podemos tenía por delante un cónclave en el que debían decidir qué y cómo querían ser en el futuro, nada mejor que inflar sus diferencias (que sí, que las había y las habrá) hasta hacerlos explotar.

Bien es cierto que Podemos ha colaborado soplando ese  globo en ocasiones con más fuerza que los que lo querían explotar desde fuera, pero nadie negará que, al mismo tiempo, este fin de semana han dado un ejemplo de transparencia y participación democrática, que  han sido sus militantes los que han elegido el rumbo de Podemos de manera consciente y soberana y que si ahora sus dirigentes saben  cerrar heridas, todo este proceso puede (y debe) haber servido para conseguir un Podemos más fuerte y unido, para convertirse, ahora sí,  en alternativa de Gobierno al “más de lo mismo” que suponen PP y PsoE. Y la prensa del régimen, mientras tanto,  que siga con sus demonios, que nos hace más fuertes.

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LO QUE QUIERO DE VISTALEGRE II

Escribí hace unos años en mi blog un artículo que titulé “Me duele el Congreso”. Concretamente en septiembre de 2012. Contaba, entre otras cosas,  que me dolía verlo parapetado tras vallas de dos metros de altas por la alarma que suscitó en el Gobierno la convocatoria popular “Rodea el Congreso”. Daba pena ver la casa de todos  bunkerizada como ni siquiera la había visto en los peores años del terrorismo de ETA.

Me preguntaba en aquel momento cómo se había producido ese divorcio entre  representantes y representados o, lo que es lo mismo, entre la clase política y el pueblo. Intenté responderme  acudiendo a mi experiencia laboral de seis años en el parlamento y lo que pude observar en aquel tiempo.  Recuerdo que escribí que se podía entender si atendía a la división de las tres tipologías de diputadas y diputados que, de manera algo reduccionista pero bastante útil, me había formado.

En primer lugar, entre los 350 diputados había un grupo que cumplía perfectamente con los tópicos del diputado vago, mal trabajador que solo va para apretar un botón y para aprovecharse de todos los mecanismos que el Congreso debe poner para que cualquier ciudadano/a, sea cual sea su extracción social, pueda ejercer su derecho de presentarse a unas elecciones y ser elegido. Hoy, igual que entonces, digo que no estoy totalmente en contra en contra de que ser parlamentario este bien pagado, ni de que  se paguen los desplazamientos  hechos en función del  cargo ni la vivienda en caso de que sean de fuera Madrid. Pero si he de estar en contra del uso y abuso que realizaban ciertas señorías de estas “ventajas” y creo que debieran dar cuenta de todos y cada uno de los viajes, explicar cómo, por qué y para qué los hacen. “Con transparencia y rendición de cuentas se acaba este problema”, decía entonces.

Después hablaba de un grupo de parlamentarios muy trabajadores, pero por desgracia muy “institucionalizados”, tan empotrados en la maquinaria política que habían perdido su contacto con la realidad, una especie de “déspotas democráticos” que creían (creen) que el pueblo no sabe lo que quiere y que son ellos, en su sapiencia, los que nos van a salvar del caos. Dentro de estos parlamentarios que trabajaban mucho veía otro grupo peor, que sí que eran y son conscientes de la realidad y por eso trabajaban (y gobiernan) para los de siempre, para los que de verdad tienen el poder. Lo de los primeros pensaba que tendría  solución, que más tarde o más temprano se caerían del caballo (como estábamos haciendo algunos) y que si no caían solos, los descabalgaría la sociedad (como así ha sido en gran parte). De los segundos, por supuesto, nada que esperar, siguen siendo, como lo eran entonces, muy peligrosos.

Finalmente, y cómo no todo iba a ser malo, hablaba de políticos y políticas “de verdad”, de los que eran conscientes de que son servidores públicos, los que, como diría aquel, son contingentes, y saben que su obligación es atender la voz del pueblo. Rara avis en aquel momento el Congreso, había pocos, y los únicos que yo vi estaban a la izquierda, algunos y algunas en el PSOE (aunque se les veía poco) y también en IU y los grupos pequeños.

Por esos pocos políticos y políticas me resistía a participar en la marcha de “Rodea al Congreso”. Pero finalmente asistí, sobre todo por ver con mis propios ojos lo que allí había y no esperar a que luego me lo contarán, o peor, me lo mintieran. Y lo que vi es mucha juventud, mucho estudiante comprometido, pero también gente mayor y, sobre todo, mucho PUEBLO, gente normal, gente enfadada y despechada (con razón) fruto de este divorcio en el que ya no reconocíamos a nuestros representantes. Podía haber dicho que había muchos indignados, pero al contrario, lo que vi fue personas DIGNAS siendo apaleadas (literalmente) por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, NUESTRO ESTADO.

Todo eso y mucho más  estaba pasando antes de que naciera Podemos. En lo personal eran momentos de efervescencia política. Todavía militaba en el PSOE, eso sí, clamando por un cambio, por un giro a la izquierda, por un cambio también en el modelo de partido, pidiendo más democracia, más honestidad y más transparencia, entre otras cosas. Debatiendo con profesores de universidad que me decían que era el momento de que la gente de la calle tomará las instituciones (Carmelo, siempre tan certero), elucubrando que tal vez era la hora de que “todas las mareas se fundan en una sola pero heterodoxa marea ciudadana, un nuevo Frente Popular pero sin siglas”… pero los partidos tradicionales estaban como siempre, ciegos y sordos.

Y en esas surgió Podemos. Y empezó a decir y, más importante, a hacer, lo que ningún partido había hecho hasta el momento. Con eso ha conseguido que, casi cinco años después de escribir que me dolía el Congreso, pueda ver que la composición del arco parlamentario haya cambiado sustancialmente y  ahora se haya llenado de PUEBLO, de esas personas dignas a las que se había echado sobre sus hombros todo el peso de la crisis.

Todo esto creo que es fundamental que no se olvide en Vistalegre II: de dónde viene Podemos, quién lo forma y, sobre todo, a quién se debe.  Debemos tener cuidado de no convertirnos en esos parlamentarios institucionalizados que pierden el pulso de la calle, abducidos por la rueda de hámster a la que, en ocasiones, se parecen los parlamentos con su maraña de PNLs, mociones, peticiones de comparecencia, declaraciones institucionales, que la mayoría de las veces no tienen trascendencia para la vida de las personas. Debemos seguir estando con los de abajo, llevando sus preocupaciones al parlamento, sí, pero sobre todo acompañándoles en la legítima protesta sin la cual se hacen invisibles. Podemos debe seguir siendo la voz de los que no llegan a fin de mes, de las personas que tienen problemas para calentarse en invierno, debe estar con (y en) las mareas ciudadanas. En definitiva, Podemos debe seguir siendo el partido de esas personas dignas que de una forma u otra siguen siendo apaleadas por el Estado, porque lo que nos jugamos en Vistalegre II nos es el futuro de Podemos, es el futuro de un país.

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Ni de izquierdas ni de derechas

En realidad, y a pesar de las diferentes denominaciones que adoptan las diversas agrupaciones burguesas, sólo existen dos partidos verdaderamente distintos: el partido que quiere conservar el presente estado de cosas, esto es, que defiende de un modo más o menos velado los privilegios de los ricos, y el partido que quiere establecer un nuevo régimen social basado en el principio de la igualdad política y económica de todos ´los ciudadanos

¿De qué partido hablamos y quien firma la frase?

Si creemos que esto se escribió ayer, no dudaremos en decir que “el partido que quiere establecer un nuevo régimen social basado en el principio de la igualdad política y económica de todos los ciudadanos” es Podemos (Unidos-Podemos) y que “las diversas agrupaciones burguesas” que defienden los “privilegios de los ricos” son los partidos del régimen: PSOE-PP-Cs. Por supuesto, pensaremos que la frase es, casi con seguridad, de Pablo Iglesias.

Pero no, realmente lo firma un  socialista, Antonio Fabra Ribas, y lo hace un 27 de marzo de 1910 en el semanario Vida Socialista. El artículo se titula “El Partido Socialista y los demás partidos políticos”. Su contenido, tan actual que lleva a la confusión, nos hace pensar que cuando un 28 de octubre de 1982 un tal Alfonso Guerra dijo desde la ventana del Hotel Palace (el lugar elegido parece una premonición del aburguesamiento que iba a sufrir el PSOE) dijo aquella famosa frase “Vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió”, realmente lo que quería decir es que al “PSOE no lo iba a reconocer ni el Pablo que lo fundó”

Y es que el artículo contiene párrafos como este:

Si se quiere colocar al Partido  Socialista en el lugar que verdaderamente le corresponde, no hay que considerarlo ni a la derecha ni a la izquierda de ningún otro partido, sino enfrente de todos ellos.”

Así que el famoso lema que utilizó con profusión Podemos “ni de izquierdas ni de derechas” y que muchísimos socialistas usaron para criticar a Podemos, ese “ni de izquierda ni de derechas” por el que algunos dirigentes y militantes del PSOE  se atrevían a llamar “falangistas” a Podemos…ese lema ya era usado (y argumentado con coherencia)  por un dirigente socialista  en 1910.

Han pasado 106 años desde que se publicara ese artículo y, por desgracia, hoy no lo podría firmar ningún dirigente socialista. No creo que sea verdad que el tiempo pone a cada uno en su sitio, porque en este caso no ha sido el tiempo sino sus dirigentes los que han llevado al PSOE al lugar donde se encuentra, en el lado de los partidos que “que quieren conservar el presente estado de las cosas”. Por esto, muchos que militábamos en el PsoE nos hemos ido al sitio que nos corresponde 130 años después, nos hemos ido al partido de Pablo de Iglesias.

***

Os copio el artículo de Fabra Ribas publicado el 27 de marzo de 1913 en Vida Socialista, nº 13, pp. 5-6

El Partido Socialista es la representación genuina del proletariado organizado en el terreno político, de la misma manera que el Sindicato es la expresión de la clase obrera organizada en el terreno económico. Por lo tanto, no se puede considerar al Partido Socialista como un partido más, es decir, como la izquierda o la extrema izquierda de los partidos políticos que en la actualidad existen. Si se quiere colocar al Partido Socialista en el lugar que verdaderamente le corresponde, no hay que considerarlo ni a la derecha ni  a la izquierda de ningún otro partido, sino enfrente de todos ellos.

En realidad, y a pesar de las diferentes denominaciones que adoptan las diversas agrupaciones burguesas, sólo existen dos partidos verdaderamente distintos: el partido que quiere conservar el presente estado de cosas, esto es, que defiende de un modo más o menos velado los privilegios de los ricos, y el partido que quiere establecer un nuevo régimen social basado en el principio de la igualdad política y económica de todos los ciudadanos.

La burguesía figura en el primero de dichos partidos y el proletariado en el segundo.

El partido burgués es fatalmente conservador o, a lo más, reformista. El partido obrero, en cambio, es esencialmente revolucionario.

Con relación, pues, al Partido Socialista, la burguesía forma una sola y única masa reaccionaria de variados matices, comprendiendo desde el negro más pronunciado de los llamados absolutistas, hasta el rojo más vivo de los que se apellidan radicales.

Las diferencias entre los distintos partidos burgueses son todas de orden político, y por hondas que las mismas parezcan a primera vista, se desvanecen siempre cuando se trata de defender los intereses del capital. En cambio, las diferencias entre todos y cada uno de los partidos burgueses y el Partido Socialista son completamente irreductibles, puesto que dimanan de intereses, no tan sólo distintos, pero también antagónicos.

 De ahí se sigue que si bien entre las fracciones burguesas pueden estallar conflictos que degeneren en guerras o en revoluciones, tanto las unas como las otras no podrán nunca resolver más que una cuestión previa con relación al problema capital de la emancipación proletaria.

Para resolver éste de un modo definitivo hay que ir a la revolución social, la cual sólo puede ser llevada a cabo por los obreros organizados en partido de clase, ya que únicamente la clase obrera tiene un positivo interés en cambiar el actual régimen económico y sólo ella cuenta con los medios necesarios para efectuar un tal cambio.

El Partido Socialista puede, sin embargo, aliarse en determinados momentos con los partidos avanzados de la burguesía para obtener una reforma política de gran transcendencia; pero en ningún caso puede pactar con ellos para conseguir su ideal de emancipación humana.

En el terreno político los socialistas prefieren la República a la Monarquía. Y no porque crean que con la primera la condición de los asalariados ha forzosamente de ser mejor que con la segunda, sino porque una vez implantada la República, la burguesía y el proletariado se encontrarán frente a frente, en línea de batalla, fatalmente abocados á dirimir una contienda que no puede ser eludida ni velada por las luchas que á menudo se suscitan alrededor de los intereses dinásticos.

A loa ojos de los socialistas la República burguesa se presenta, pues, como el campo de batalla ideal en donde el proletariado puede mejor y con mayor ventaja medir sus armas con la clase que explota a los asalariados y que monopoliza el Poder político.

Este y no más es el valor que los socialistas atribuyen a la República burguesa, puesto que saben perfectamente que por muy democrática y radical que ella sea, no sólo tolerará, sino que hasta defenderá y amparará a los reyes de los campos, de las fábricas y de los talleres.

Y los socialistas—que en realidad son los únicos republicanos, ya que sólo ellos defienden la República integral—no se dan por satisfechos suprimiendo á los reyes de cetro y corona, sino que, además, quieren acabar con los tiranos que, en plena civilización, trafican con carne humana y fundan toda su preponderancia y toda su fuerza en la miseria de la gran masa.

 

  1. Fabra Ribas.
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Hércules Poirot y el putsch del PSOE

Pasadas apenas unas horas del putch interno que han perpetrado en el PSOE,  no puedo resistirme a escribir unas reflexiones a vuelapluma. En primer lugar, como ciudadano de izquierdas, quiero expresar mi profunda tristeza por lo que considero una puñalada muy grave no solo a la voluntad de los militantes de ese partido sino a tod@s aquell@s que confiábamos en poder desalojar del Gobierno al partido de la corrupción y de las políticas regresivas y antisociales. Me es fácil sospechar a qué intereses sirven los barones del PSOE que tras las elecciones del 20 de diciembre prohibieron a su Secretario General la posibilidad de formar un gobierno de izquierdas con Podemos (y la aquiescencia de los independentistas) y que ahora que este, aunque fuera por pura supervivencia, parecía dispuesto a formar un gobierno verdaderamente de izquierdas, no han dudado ni un momento a la hora de recrear unos idus de marzo en pleno otoño.

Hasta ahí mi opinión como ciudadano, ahora bien, atendiendo a mi formación como Historiador y siendo uno de mis objetos de estudio la historia de la familia socialista, no puedo otra cosa que disfrutar de la posibilidad que me ofrecen de observar un momento histórico en vivo y en directo.

Han sido muchos y muy importantes los desencuentros internos en en este Partido, ya desde su propia creación vivieron tensiones sobre su “parlamentarización” o “bolchevización”, fue polémico su apoyo accidentalista a la dictadura de Primo de Rivera, con la Segunda República se produjo uno de los mayores enfrentamientos entre Largo Caballero, que controlaba el Grupo Parlamentario y la Ejecutiva dominada por Indalecio Prieto, no podemos olvidar la posterior purga de los negrinistas y, tras el largo exilio, el enfrentamiento de Rodolfo LLopis con el interior y el “clan de los sevillanos”. (Por cierto, unas disputas más ideologizadas que ahora, puesto que aquí la discusión creo que está más cerca del “quítate tú, pa ponerme yo” que de una diferencia ideológica real)

Pero si de todas esas disputas el PSOE supo salir más o menos reforzado o adaptado a los tiempos, a lo que podemos estar asistiendo ahora es a la desaparición de un Partido centenario, que lleva consumiéndose poco a poco como una enana blanca desde aquel “me cueste lo que me cueste” de Zapatero hasta estallar como una supernova en el día de hoy.

A los historiadores nos quedará analizar el porqué de esta desaparición si la hubiere y encontrar los “quiénes” responsables de la misma. Hace unos meses aposté porque Sánchez sería el enterrador del PSOE, entonces pensaba que el fallecimiento del Partido sería por muerte natural, hoy parece que va a ser un asesinato, y como en una famosa novela de Agatha Christie, todos los sospechosos son culpables.

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Un debate a dos

Últimamente en este blog solo escribo cuando hay elecciones, por eso hoy  me ha parecido un buen día para volver a sentarme a escribir y dar mi opinión, no solo del esperado debate de ayer sino también de las reacciones y comentarios  realizados por tertulianos profesionales y “amateurs” (o lo que es lo mismo, por mis amigos y amigas).

Si en algo parece haber  acuerdo es en que Rajoy “salvó los muebles”, “salió vivo”, “lo hizo mejor de lo esperado”, etc. Pero, ¿tan poco se le exigía a Rajoy que su penosa actuación de ayer  le sirve para salir airoso? Estamos hablando de un presidente del Gobierno que es incapaz de hacer otra cosa que leer cifras y datos sobre nuestra macroeconomía, algunos tergiversados o directamente falsos, lo que en cualquier país le costaría un buen saco de votos. Pero incluso aunque los datos fuesen ciertos, con esa retahíla de números se olvida, como le recordó Pablo Iglesias, de  la gente que ve cómo  tras años de apretar el cinturón (solo el de los más pobres, claro) la situación no mejora ni tiene visos de hacerlo.  Por esto y por su trayectoria, cuando Rajoy pide que le votemos porque con él todo será de color de rosa, solo se le puede contestar desde el marxismo, pero el de Groucho: “y tres huevos duros”.

Si después de esta flojísima actuación Rajoy sale vivo y gana las elecciones es que en este país tenemos un problema: o hay mucha gente capaz de creerse las mentiras de Rajoy o hay una poquita más de gente a la que no le ha ido tan mal y se la suda que los de abajo estén peor…no sé cuál de las opciones me asusta más.

Cuando la exigencia es tan mínima, resulta sorprendente que el que peor lo tenía, Pedro Sánchez, no salga ni siquiera un poquito mejor que cómo entró. Parece que de nada le ha servido quedar a estudiar con su amigo Albert, porque sí, visto lo visto parece que quedaron la tarde de antes para preparar juntos el debate y, sobre todo,  parece que habían acordado no hacerse daño el uno al otro. En este reparto de papeles a Pedro le toco meterse más con Pablo, que es quién  le quita los votos, y a Albert con Rajoy, que parece que pesca mejor en ese caladero, pero como el alumno más brillante o, como poco, mucho más ambicioso, es  Albert, este  decidió avanzado el debate que su compañero estaba siendo  muy suave y se puso a repartir estopa a ambos lados y agitar el fantasma de Venezuela, que si no lo dice revienta.  Pero de tan manido, este tema ya no funciona, y menos después de que el Tribunal Supremo rechace el trámite de estas acusaciones una vez sí y otra también.

Es una pena que un momento crucial para nuestro país el PSOE tenga como líder un muñeco de trapo, que como al Woody de Toy Story se le tiré de una cuerda para soltar frases hechas y que en este debate se quedó enganchado en el  lloriqueo de “no soy presidente porque Pablo no quiso”, mantra que repitió hasta la saciedad, cuando todos sabemos, Pedro, que no eres presidente porque preferiste echarte en brazos de la derecha a encabezar un gobierno progresista.

Por último, Pablo Iglesias, que podía haber recurrido a la épica y destrozar, cual Heracles a Orto, a ese engendro de dos cabezas en el que se convirtieron Pedro y Albert. No lo hizo, prefirió ponerse el traje de alternativa real de gobierno, eligió el tono pausado pero firme,  eligió proponer en lugar de destruir, tendió la mano a Sánchez, una vez más, no será la última, y le dio la oportunidad de situarse en el lado del cambio. Pero por desgracia, Pedro parece que ni está ni se le espera.

Si he titulado este post debate a dos es porque a pesar de haber cuatro contendientes, se puso de manifiesto que solo hay dos opciones, que se pueden llamar de muchas formas: cambio o inmovilismo, derecha o izquierda, estar con los de arriba o los de abajo, etc. Las llamemos como las llamemos, ayer me quedo claro dónde está Pablo y dónde están Mariano, Albert y ese convidado de piedra en que se convirtió Pedro.   El votante del PSOE se merece algo más que eso, esperemos  que, como han hecho ya millones de ellos, muchos pierdan el miedo y voten por el cambio, porque unidos podemos.

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¿TRAIDORES?

Si me viera en el aprieto de tener que explicar con una frase porque decidí estudiar historia me quedaría con una del maestro Tuñón de Lara  y diría que lo hice porque me sirve “para tener una visión equilibrada de los hechos y no desorbitar el presente de cada día ni dejarnos devorar por él”. Una frase que resume una actitud muy apropiada para enfrentarse a los hechos que nos rodean hoy, nada menos que una intensa campaña electoral, en la que muchos se están echando las manos a la cabeza cuando han aparecido en escena unos partidos nuevos que se atreven ¡válgame el cielo! a pedir el voto de los ciudadanos que antes votaban a los partidos “viejos”.

Un partido que anda como pato sin cabeza es el  PSOE, que viendo que va a perder un saco de votos (por no decir un camión de votos) en favor de Podemos se revuelve como gato panza arriba llegando al punto de llamar traidores, vendidos o, incluso, ignorantes que se dejan engañar por el enemigo, a todas aquellas personas que antes habían confiado en ellos depositando el voto de la rosa roja en la urna. Claro, como si haber votado o militado en el PSOE fuera como el santo matrimonio, hasta que la muerte nos separe. Espantados como están por la desfachatez de Podemos, que tienen el descaro, ¡oh, Dios mío! de pedir el voto a los que antes votaron socialista, solo se les ocurre insultar al “traidor” que alguna vez confió en su proyecto y ahora va a cometer la tropelía de votar a otro partido de izquierdas.

No se deberían extrañar de esto si conocieran un poco la historia del movimiento obrero en España, donde hace más de un siglo ya convivían diferentes concepciones de entender la izquierda, desde los republicanos, hasta los socialistas, pasando por anarquistas y un poco más tarde los comunistas. Y en aquel tiempo todos ellos, como apunta el historiador Ángel Duarte, convivían en el mismo “suelo limítrofe y devastado […] propicio a las interacciones” lo que traducido quiere decir que tanto republicanos de izquierdas, como socialistas y anarquistas pescaban en las mismas aguas, en ese “suelo devastado”, y esta interacción ha tenido dos efectos contrapuestos: en ocasiones el roce ha hecho el cariño propiciando conjunciones, frentes populares o acuerdos post electorales y, en otras, tal vez las más, la fricción ha hecho saltar chispas provocando fuegos truculentos.

Por eso mismo, esta historia ha estado plagada de “traidores”, porque todo territorio de frontera es propicio a las migraciones y, a lo largo del tiempo, se han producido numerosos movimientos de personas entre los partidos: desde cenetistas convertidos en líderes socialistas, como Ángel Lacort, pasando por socialistas trocados en comunistas, como Santiago Carrillo, hasta andarines como José Antonio Labordeta, que pasó hasta por tres partidos de izquierdas. Todos ellos y muchos más fueron llamados  traidores en algún momento de su vida política, pero la perspectiva del tiempo y el estudio del contexto histórico sirve, en la mayor parte de los casos, si no para justificar, sí para explicar y comprender el porqué de esos cambios, la mayoría de ellos llenos de coherencia. No fue un traidor Lacort, que estuvo siempre del lado del trabajador, no lo fue Carrillo, que caminó hacia donde sus ideas y la historia le llevaron, pero siempre por el carril izquierdo y, por supuesto, no fue un traidor Labordeta del que hoy dicen es patrimonio de toda la izquierda.

Pero la ira del que siente que ha perdido es tan grande que necesita un culpable, incluso a veces no hace falta cambiar de partido para que te llamen traidor, como le pasó a Juan Negrín, al que el PSOE tardó 62 años en rehabilitar y devolver  el carné que le quitaron en 1946. Debería tener este partido mejores reflejos y darse cuenta que gritando traidores o vendidos, o llamando tontos e ignorantes a los que no le votan, solo van a conseguir que los que hemos militado en ese partido no volvamos a confiar en él ni en otros 62 años. Menos aún cuando han sido ellos los que han abandonado el solar devastado de los de abajo para establecerse en el barrio lujoso de los de arriba. Por eso, los de abajo se han (o nos hemos) organizado y se han dado cuenta de que con otras opciones de izquierda SI SE PUEDE.

 

 

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La ideología de Podemos y las lentejas de mi madre

En mi casa los jueves son día de alegría, vienen mi hermana y  mi sobrina a comer. A sus dos años y medio mi sobrina está en esa época en la que comienza a elegir ella lo que come y lo que no, ya sea por criterios de sabor, vista o cualquier imponderable que pasé por un cerebro en construcción. Este jueves comimos lentejas, si quieres las comes y si no las dejas, y mi sobrina, si ve que las lentejas llevan verdura, las deja o, como poco, aparta minuciosamente cada trocito  de color distinto al de las lentejas que vea por el plato. Pero este jueves se comió todas las verduras y sin rechistar, y no porque de repente hayan dejado de parecerle sospechosos esos trocitos de colores que pululan por las lentejas sino porque mi madre los pasó por la vara, que diría ella (por la batidora para el resto de los mortales) con lo que consiguió que mi sobrina se comiera el riquísimo plato disfrutando de todos los beneficios que aportan las verduras sin enterarse ni protestar.

¿Y que tiene que ver esto con la ideología de Podemos? Pues que Podemos hace con su ideología de izquierdas lo que mi madre con las verduras de las lentejas, la pasa por el pasapuré de “no somos de izquierdas ni de derechas” para que el mayor número de personas posible se coma el plato que están preparando. Pero esta definición indefinida les está granjeando mil y una críticas, sobre todo (y muy a mi pesar) que desde sectores del PSOE se les compare con la Falange de José Antonio. Esto deja en muy mal lugar a quién realiza la crítica puesto que, o quedan como unos ignorantes por no ir más allá del discurso o son unos taimados por acusar a Podemos de algo que saben de sobra que no son, escogiendo a su antojo una parte del discurso para confundirla con el todo. Por lo tanto, está acusación es injusta por reduccionista, tanto el ideario de la Falange como el de Podemos van mucho más allá  del no soy de izquierdas ni derechas, cualquiera que lea un poco se daría cuenta de que son distintos,  dejémoslo en que con esa declaración usan la misma estrategia para atraer al mayor número de gente, lo cual para nada les hace iguales.

Así, se podrá compartir o no está estrategia, pero resulta muy difícil afirmar, como reconocía  el otro día con un amigo militante de Izquierda Unida,  que un partido que apuesta por la sanidad y educación pública, por la redistribución de la riqueza, por medidas como la dación en pago, la renta básica, etc.,  en definitiva, que apuesta por recuperar el Estado de Bienestar, resulta muy difícil decir que ese partido sea de derechas. Otra cosa es que está estrategia nos guste más o menos, pero ante una sociedad en la que existen las clases sociales pero no el sentimiento de pertenencia de clase (la tan manida “conciencia de clase”) se hacía necesario recuperar el discurso de alguna forma, puesto que la conciencia de clase está encerrada en un cofre con siete llaves que pusieron desde Thatcher hasta Blair,  entre muchos otros.

 Y eso es lo que está haciendo Podemos cuando habla de “los de arriba y los de abajo”, está recuperando el discurso de clase, sin que nadie se de cuenta, pero lo hace. Puesto que aunque la conciencia de clase esté bien enterrada, cada día se ve más claro que hay unos pocos que cada momento tienen más y otros muchos que cada día tienen menos, y esto no es solo una percepción y un sentimiento, lo cual ya es importante,  sino que es una realidad que constatan las cifras y la historia reciente, como han demostrado historiadores como Judt o economistas como Piketty. Recuperar esta percepción significa, como dice Owen Jones en su recomendable Chavs, reconocer que “un grupo posee el poder y la riqueza en la sociedad y otros no”, es decir, que “que un grupo de personas vive de trabajar para otros” y si estos “otros” cada vez tienen más a costa de la explotación y el expolio de los que trabajan, es cuando comenzamos a ser conscientes (de nuevo) de que algo tiene que cambiar. Y ahí está la virtud de Podemos, en pedir un cambio radical cuando hasta ahora solo nos ofrecían maquillaje. Si para producir este cambio hay que disimular la verdura en las lentejas,  así se haga, siempre y cuando no pierdan su esencia en el proceso. Cuando mi sobrina sea adulta, llegará el momento de que disfrute las verduras en todo su esplendor, mientras tanto, alabada sea la batidora.

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