CAMINANDO POR LA VIDA

Al principio había pensado en titular este post “Crónica de un día perfecto”. Pero he cambiado de idea por dos motivos: el primero, porque no hay nada perfecto, todo se puede mejorar; el segundo porque todavía no ha acabado el día, y nunca sabes en que momento se te pueden torcer las cosas. Pero, a pesar de todo, creo que ha sido un gran día. En el trabajo, un acelerón suave pero prometedor. Al salir he estado paseando por Madrid. En lugar de ir a casa por el camino recto, he preferido venir haciendo eses, disfrutando del entorno. Cuando me vine a la capital me propuse conocerla a fondo. Y creo que hay una manera muy bonita hacerlo: dejando que la ciudad te conozca a ti, mostrándote por todos sus rincones, hasta hacerla tuya. Es como cuando enamoras a otra persona: la enamoras porque te muestras sin complejos, porque quieres que mire en lo más profundo de tu corazón. Eso pretendo hacer con Madrid, hacerla mía, como mío hice a mi pueblo, Tarazona, como mía hice a mi ciudad, Zaragoza. Ahora quiero que Madrid no sea solo mi lugar de trabajo, sino que forme también parte de mi vida.

Como he dicho, al llegar me propuse conocer la ciudad, y como últimamente estoy de lo más organizado, he trazado un plan de actuación (que político suena esto, no se porque será). Pues eso, que he decido conocer cada mes un barrio. Y como me siento con fuerzas, para empezar dos, zona centro, donde trabajo, y Lavapiés, donde vivo. La zona centro la conocía ya un poco. Nada más salir del trabajo, en 2 minutos, he llegado a la Gran Vía. Me encanta la Gran Vía, no se por qué pero experimento una sensación emocionante cuando paseo por ella. Aunque parezca extraño, es similar a cuando paseo por el Pirineo, o a cuando subo a la cumbre del Moncayo. Me siento bien, me siento feliz. Pero hay una diferencia, del Moncayo no me cansaré nunca, pero del bullicio de la Gran Vía supongo que sí. Entre otras cosas porque al Moncayo no subo todos los días. Aunque sean dos espacios como la noche y el día, siempre se dice que los opuestos se atraen. Cuanto más amplios son los contrastes más nos llaman la atención. A esto se une que la emoción que experimentó al pasear por Gran Vía se ve incrementada por la emoción de la incertidumbre que me rodea en este momento: nuevo trabajo, nueva ciudad, rutinas diferentes…

Me había puesto a pensar en lo que todo esto suponía, cuando ya había pasado por la Puerta del Sol, tras la curva de la ese en que he convertido mi itinerario. Luego he girado por la calle Atocha.

Al igual que cuando caminas, creo que es un bueno ponerse metas en la vida para caminar hacia ellas, y si consigues llegar no pararte, ir más lejos. A veces un nuevo trabajo supone una nueva motivación, un impulso en tu vida, un afán por hacer las cosas mejor que se extiende a otros aspectos de tu vida. Si a esto le uno el cambio de ciudad, el reto se multiplica. Es necesario saber adaptarse a los cambios, pero sabiendo conservar lo bueno que has conseguido hasta el momento, aunque sea difícil, pero hay cosas que merece la pena conservalas.

Divagando, he llegado a mi barrio en un trayecto de apenas quince minutos. Quince minutos en los que, de nuevo, los contrastes nos atraen. Si antes ha sido la dicotomía ciudad/naturaleza, ahora, dentro de la ciudad, el contraste además de espacial parece temporal: pasamos de la ciudad cosmopolita del s.XXI, a una vista que nos recuerda a las capitales de provincia de mediados del s.XX: por sus tiendas de ultramarinos, sus bares de toda la vida, tan pequeños y llenos de mugre que parece que en ellos se ha parado el tiempo. Pero nos encontramos también con espacios recuperados, algunos con cierto aire bohemio, otros recuperados por los inmigrantes, que también, en otro sentido le dan un aire cosmopolita, pero esta vez de carácter multicultural.

Son dos fenómenos distintos consecuencia del nuevo mundo global, por un lado la globalización empresarial, que hace que la diferencia desaparezca, bueno mas que la diferencia, lo que hace desaparecer es la diversidad: en el centro de cualquier gran ciudad del siglo XXI encontraras Mc Donalds, Zara, Vips, StarBucks, incluso algún Cañas y Tapas. Los grandes bancos no faltaran, tampoco los multicines. Pero la globalización en Lavapiés tiene unas manifestaciones distintas: tiendas especializadas en productos africanos, fruterías con productos que nosotros llamamos exóticos, restaurante indios, turcos, asociaciones de vecinos, de inmigrantes de Bangladesh, cursos de danza del vientre, de capoeira, de tango argentino, de árabe…¿Cuál es más beneficiosa para la ciudad? Yo lo tengo claro. No faltará quien diga que son las grandes empresas las que tiran de la economía, las que generan empleo, pero yo creo que cada vez hay menos dudas, yo al menos no las tengo, de que el motor de la economía, somos todos, somos las personas. Para que una ciudad funcione, las personas debemos ocupar sus espacios, en este caso, en Lavapiés, hay barrio porque hay inmigración, que esta ocupando un sitio que probablemente habría caído en las fauces de la otra globalización, la que no quiere ciudadanos sino consumidores.

Cuando estaba enfrascado en estas reflexiones, me he dado cuenta de que ya estaba llegando casa. Y también estaba llegando a la conclusión de que, de vez en cuando en la vida, es bueno dar un paso adelante, tirarse al vacío (con paracaídas si puede ser). Conocer otra ciudad es conocer otras gentes, conocer otras gentes es conocerte mejor a ti mismo, hacer que tu comprensión sea más grande. Casi he llegado a pensar que la perfección estaría en cambiar de ciudad cada cierto tiempo, por el reto que ello supone: desde Litago a Nueva York, de Moscú a Gaborone, de Santiago de Chile a Pekín, de la más grande a la más pequeña, de la más famosa a la más desconocida. Habría que hacerlo para entender mejor la vida, para entender mejor al otro, en definitiva para no quedarnos parados y pisar el acelerador de nuestra vida cuando llegamos a una meta. Al final, al llegar a casa, me he dado cuenta de que más que pasear por Madrid lo que estoy haciendo es caminar por la vida. Y no me quiero parar.

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5 respuestas a CAMINANDO POR LA VIDA

  1. Anonymous dijo:

    Yo de Litago llegué hasta Barcelona y me quedé.

  2. Luis dijo:

    Me ha gustado mucho tu post. De hecho, pienso lo mismo que tú. Es una de las razones por las que me vine a Córdoba, una ciudad tranquila, pero que sin querer me ha enganchado. Tú a parte de la tranquilidad de tu Lavapiés, tendrás ese bullicio que a algunos seres humanos les vuelve loco. Yo, sinceramente, me quedo con la tranquilidad y los rincones históricos y relajantes que tiene la que para mí siempre será la capital del califato. Un Beso y Suerte en tu nueva aventura.Luis(por cierto, lo más seguro estaré en Madrid del 9 al 13 de marzo. Ya hablaremos)

  3. Lucy dijo:

    Que poético y bonito……Di que sí, que al fin y al cabo somos ciudadanos del mundo…….

  4. Pingback: Mecomolacabeza » Tres años después

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