Hacerse medievalista

Recensión Crítica del primer capítulo del libro En busca de la Edad Media, de Jacques Le Goff


Editorial: Paidós

ISBN: 84-493-1477-1

Publicación: Barcelona, 2003

Páginas: 156

 

 

 

 

El porqué hemos elegido este oficio es una pregunta a la que todos los historiadores debiéramos responder. El ilustre medievalista Jacques Le Goff (Toulon, 1924) comienza respondiendo a esta cuestión en su libro titulado “En busca de la Edad Media”, que más que un título parece un perfecto resumen de lo que ha sido su vida, ya que bajo la forma de una entrevista realizado por Jean Maurice de Montremy, este texto se convierte en un repaso a su vida y a su relación con la Edad Media.

Pero Le Goff no se limita únicamente a decir por qué se hizo historiador, sino que a través de sus experiencias vitales nos da explicaciones del tipo de historia que le atraía, la historia de las personas antes que la de las instituciones, historia a la que luego pondrá nombre cuando entra en contacto con la Escuela de Annales y se convierta en uno de los principales teóricos de la Historia Social y, sobre todo, Cultural.

En este capítulo descubrimos, a través de sus palabras, como la pasión por la historia no aparece por arte de magia, al contrario, es resultado de la suma de pequeñas cosas que, como le pasa al autor, nos ha ido calando como lluvia fina desde nuestra infancia. Así, nos vemos reconocidos en él sobre todo cuando habla de sus maestros, de los grandes nombres de la historia que nos deslumbran cuando los leemos por primera vez, pero también y sobre todo nos podemos sentir identificados cuando habla de los maestros que han sabido despertar nuestra curiosidad y nuestro interés por una u otra disciplina, en nuestro caso la Historia. Seguramente a muchos de los lectores de este libro nos viene a la cabeza el nombre de alguno de ellos cuando Le Goff recuerda con tanta gratitud a Henry Michel, aquél profesor agnóstico que con tanto respeto hablaba de la iglesia.

Como nos muestra el historiador francés, si nosotros quisiéramos responder a la pregunta inicial también deberíamos dar explicaciones de lo que nos ha rodeado a lo largo de nuestra formación como persona, de nuestras influencias, de la familia que nos ha criado y, también, de los hechos históricos que nos han marcado porque, como dice Hobsbawm, “hablamos como hombres y mujeres de un tiempo y un lugar concretos”. Por eso no nos extraña cuando Le Goff cuenta de manera magistral como para él la imagen de la resistencia francesa es la de un soldado haciendo trizas su uniforme
cuando escucha a Pétain anunciar la capitulación de Francia, ni cuándo hace referencia a la influencia de la religiosidad de su madre. ¿Para cuántos historiadores del futuro su toma de conciencia histórica será la imagen de la caída de las torres gemelas de Nueva York o las manifestaciones del No a la Guerra? ¿Cuántos deben (debemos) la pasión por la lectura al simple hecho de ver leer mucho a nuestro padre o nuestra madre?

Otro aspecto que queda patente a lo largo de este primer capítulo es la apuesta del autor por una historia interdisciplinar, que no reniegue de la colaboración con otras ciencias y que incluso puede beber del arte y la literatura. Le Goff deja vislumbrar en este texto que es más que un historiador, que es un teórico de la Historia (como ya había demostrado sin lugar a dudas en los dos volúmenes escritos con Pierre Nora titulados “Hacer la Historia”) puesto que de manera suave y sin artificios introduce conceptos, como el de historia cultural, o nos cuenta su rechazo al historicismo. Todo esto lo hace, como hemos dicho, de manera clara y sencilla, con ejemplos aparentemente inocentes pero que vislumbran cierto contenido teórico, como cuando nos relata su toma de conciencia del cambio de costumbres que se estaba produciendo a comienzos del s. XX (p. 24). A pesar de todo, el interesado en la Teoría de la Historia echará en falta que el autor no profundice en este y otros conceptos y se quede en el simple enunciado de la teoría.

Si en una primera parte del capítulo Le Goff se ha centrado en la evolución personal que le lleva a ser historiador, posteriormente dedica un apartado muy importante a las fuentes documentales y a cómo estas condicionan el estudio de la historia, lo que también le sirve para reivindicar la importancia de las ciencias auxiliares, en su caso el valor de la paleografía.

Y si teníamos alguna duda de la importancia de la aparición del códice (libro) para el trabajo del historiador (y para el curso de la Historia), Le Goff nos la resuelve con una breve y brillante exposición de cómo un cambio en la forma en que se fijan y reproducen las ideas se retroalimenta con un cambio en la cultura y la mentalidad de las gentes. Para entender esto nos cuenta la revolución que supuso la aparición del libro y la reforma de la escritura llevada a cabo durante el reinado de Carlomagno algo que nos ha de servir tanto para entender el cambio que supuso en la Edad Media como también para fijarnos en los cambios que está produciendo la actual revolución tecnológica en nuestras costumbres y nuestra manera de pensar.

Finaliza este capítulo volviendo a su experiencia personal que le sirve ahora para introducir a la Escuela de Annales y su tercera generación, la “Nueva Historia” de la que él ha sido uno de sus máximos representantes. De nuevo echamos aquí de menos algo de profundidad en el texto, y que Le Goff nos diga a donde nos lleva esa novatio que extiende la Historia “a la vida privada, las costumbres, a las mentalidades, a las sensibilidades, etc.” (p. 38) ya que como dice otro gran historiador “una cosa es que pensemos que una explicación histórica más rica debe incluir hoy muchos factores que anteriormente no teníamos en cuenta […] y otra que interpretemos eso como una invitación a abrir nuevos campos separados que tenderán a convertirse en la práctica en disciplinas independientes.”1

A pesar de todo, esta falta de profundidad no empaña para nada el global del capítulo, incluso podemos afirmar que está propiciada por el autor, que utiliza a lo largo de sus repuestas un tono sencillo, casi intimista, que nos hace cómplices de su amor por la (buena) Historia. Si lo que pretende es que nos hagamos preguntas sobre por qué hacemos historia y sobre qué historia hacemos, en definitiva, si lo que pretende es que “queramos” más nuestro oficio, habría que responderle: objetivo conseguido, Maestro.

1 J. FONTANA. La Historia después del fin de la Historia (págs. 81 a 85). Ed. Crítica. 1992. Barcelona.

(Lo puedes descargar en PDF aquí) Es un trabajo correspondiente a la asignatura Métodos y técnicas de investigación histórica(parte medieval) del  cuarto curso de la Licenciatura en Historia. Universidad de Zaragoza. Profesora: Dª. María Narbona. Alumno: Francisco Gracia.

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