LA CONSTRUCCIÓN DE UNA MEMORIA EUROPEA

El término memoria colectiva fue acuñado por Maurice Halbwachs en 1925 en su obra Les cadres sociaux de la mémoire aunque el éxito de su pensamiento fue póstumo y se dio tras publicarse en 1950 su segunda obra, La Mémoire collective, en la que amplía y fija su pensamiento sobre la memoria colectica. A partir de los 60, este concepto fue haciéndose un hueco en la historiografía y en la política europea hasta convertirse en una línea central de pensamiento que consigue eclipsar otras corrientes.

Si bien el recuerdo del Holocausto ha sido el eje sobre el que han girado estos debates y sobre el que, al menos desde los años 60, se estaba construyendo la memoria europea, la entrada de los países del este en la Unión Europea y sus reivindicaciones para equiparar la represión ejercida por los regímenes comunistas con el Holocausto ha tenido repercusiones que parece ponen en entredicho la posibilidad de elaboración de un relato común sobre la memoria europea.

Son muchas las preguntas que surgen sobre si es posible o no conjugar todas las memorias en un relato. Si consideramos que no podemos aglutinar este entramado de memorias nacionales en un único relato ¿cómo construimos Europa? ¿Desde el olvido? ¿O es mejor “inventarnos” un relato que guste a todo el mundo? Y si creemos que es posible la construcción, que no invención, de ese relato común ¿quién decide qué es lo que merece la pena ser recordado? ¿Los Estados?

Ante la dificultad del reto no pretendo dar una respuesta tajante pero si quiero aportar una serie de consideraciones que pueden ayudar a desenmarañar el lio de memorias, leyes y relatos posibles sobre el pasado europeo.

En primer lugar me gustaría destacar que no me resulta extraño que sea tan difícil encajar ese pasado reciente en la historia de los distintos países europeos si atendemos a que, como apunta Hobsbawm, “en el curso del siglo XX se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período de la historia[i]”.

Un siglo tan convulso en el que se matado a tanta gente y por tantas causas ha de ser difícil de encajar en cualquier Historia, no por ello debemos dejar de intentarlo, y no porque pensemos, como Santayana, que “aquellos que ignoran el pasado están condenados a repetirlo[ii]” (ya estaba bien estudiado el genocidio nazi o el Gulag ruso cuando se produjo la limpieza étnica en Bosnia o el genocidio Hutu sobre los Tutsis)  sino porque, en primer lugar y como dijo Walter Benjamin, la historia ha de caracterizarse por una radical voluntad emancipatoria, en la medida que puede y debe salvar del olvido a sus vencidos[iii] y, en segundo lugar, según indica la Comisión Europea, porque  “el objetivo final de la divulgación y evaluación de los crímenes perpetrados por los regímenes totalitarios comunistas es la reconciliación[iv]

Pero aunque el objetivo es loable  la tarea es muy complicada, ya que a pesar de la Resolución del Parlamento Europeo sobre la Conciencia Europea y el Totalitarismo, en la que ponía negro sobre blanco su reconocimiento, rechazo y necesidad de memoria de “todos los regímenes totalitarios y autoritarios[v]”  e incluso establece que se conmemore con un Día europeo que recuerde a las víctimas (y establece para ello la nada inocente fecha del 23 de Agosto, el mismo día de la firma del pacto Molotov-Ribbentrop), a pesar de estos esfuerzos de reconocimiento, la mayoría de los países del Este siguen sin estar de acuerdo en que esa misma Declaración se reserve un lugar preeminente  al Holocausto[vi].

Y es que los procesos de construcción de memoria, aunque necesarios, nunca han sido fáciles. El ejemplo paradigmático lo vemos en los vaivenes que a lo largo de los últimos sesenta años ha sufrido la memoria del Holocausto. Para entenderlo nada mejor que utilizar de guía un texto de un historiador de referencia como lo fue, y lo sigue siendo, Tony Judt[vii].

Tony Judt, educado en la cultura Yidis, era un firme defensor del sionismo hasta su participación en la Guerra de los Seis Días como conductor voluntario. Tras esta experiencia se convirtió en un historiador crítico con Estados Unidos y el peso de las instituciones judías en la política estadounidense.  Esta triple condición de historiador, judío y crítico con Israel hace, si cabe, todavía más interesante su texto.

La evolución del tratamiento de la memoria del Holocausto es muy similar en toda Europa. A una primera etapa de olvido, le sucede una de reconocimiento paulatino y una final de saturación de memoria. Judt nos recuerda que, tras la guerra, casi todo el mundo tenía más intereses en olvidar la tragedia que en rememorarla. Por el lado de las victimas como una manera de superar el horror y poder mirar de frente a la vida[viii], en cambio, por el lado de los Estados el problema era que la mayoría habían sido, en mayor o menor medida, colaboradores de los nazis más que victimas. El autor, a pesar de sorprenderse por el desinterés general hacia el holocausto durante la década posterior al fin de la segunda guerra mundial, encuentra suficientes razones para justificar el porqué “millones de europeos tenía sus propias buenas razones para alejarse del pasado reciente” ya sea por “sus cesiones a la Administración Fascista y a las fuerzas ocupantes, […], sus íntimas humillaciones, penalidades materiales y tragedias personales”

Judt toma prestado de Henry Rousso el concepto de “Síndrome de Vichy”, que bautizó con este nombre el intento Francés por olvidar cualquier vestigio de la etapa colaboracionista, y lo utiliza para explicar lo que pasó en la mayoría de los países de Europa que, de una forma y otra, colaboraron con los nazis y tenía algunas vergüenzas que ocultar[ix].

Se tardarán años en mirar a este periodo de frente, en Alemania prácticamente hasta que se produce el juicio de Eichmman pero posteriormente, “tras conocer, y reconocer públicamente, lo que los alemanes habían hecho a judíos” quedaba el dilema de cómo situarlo en la historia Alemana, algo que no se consiguió hasta que varios años después se produjo un encendido “debate entre historiadores”, la Historikerstreit, que surge como respuesta al intento de Erns Nolte de liberar de cierta responsabilidad a los alemanes atribuyendo los crímenes a la “barbarie asiática”.

Como observamos en el relato de Judt, no fue fácil ni rápido construir un relato que acepten la mayoría de la partes. Por eso ahora tampoco parece que vaya a ser un camino de rosas construir un relato europeo que integre las memorias de todas las masacres. Como hemos visto al principio, el reconocimiento que hizo la Comisión de los crímenes cometido por regímenes comunistas no parece suficiente ni para los países ni para las personas que sufrieron esa represión.

Este descontento se hizo patente cuando la Comisión Europea rechazó una petición de seis países de Europa Central y Oriental que pedían sancionar la negación de crímenes cometidos por el comunismo, aunque la negativa de la Comisión no se basó en si compartía o no la punibilidad del negacionismo sino que simplemente se abstuvo de pronunciarse alegando que no entra en sus competencia legislar sobre dicho tema. Algunas de esas víctimas adujeron que “los crímenes de los totalitarismos son perfectamente equiparables, que Hitler y Stalin fueron asesinos de masas y que quienes colaboraron con ellos fueron cómplices[x]

Esta petición y estos argumentos abren varias líneas de debate que solo me limitaré a nombrar porque ambas darían para un ensayo propio. La primera tiene que ver con las víctimas. No me cabe duda que toda víctima tiene derecho a que, como poco, se le honre con su recuerdo y se reparé en la injusticia y sinsentido de su muerte; así lo reconoce la comisión en su declaración. Pero el historiador debe ir más allá, ya que como argumenta Mazower, aunque éticamente para cualquier observador externo (y no digamos para las víctimas) todas las matanzas son reprobables, histórica y políticamente pueden deberse a causas distintas por lo que algunos Estados, igualando unos genocidios a otros, tal vez pretenden ocultar su mayor responsabilidad hacia ellos[xi].

La segunda tiene que ver con el fondo mismo de la petición de que el negacionismo sea punible, como ya lo es en muchos países. Como apunta Pierre Assouline, combatir el negacionismo con leyes punitivas es una “confesión de fracaso” ya que lo que sería necesario es combatirlo “fomentando la educación y la investigación[xii]”. La reacción de los historiadores a estos hechos se refleja perfectamente en el Llamamiento de Blois[xiii] de 2008 donde un grupo de reputados historiadores postulan que “no es competencia de ninguna autoridad política definir la verdad histórica ni restringir la libertad del historiador mediante sanciones penales”. Como acertadamente concluye Garton Ashuna teoría se refuta refutándola[xiv]”.

Porque si aceptásemos la propuesta de condenar el negacionismo entraríamos de nuevo en otro debate casi irresoluble ¿quién establece y bajo qué criterios se decide qué es o no es un genocidio? Este debate está relacionado al de sobre quién está legitimado para fijar la memoria de un determinado país, territorio, y reivindicar aquello que deba rescatarse del olvido. Como apunta el historiador Yosef Hayin Yerushalmi y nos recuerda Judt en su relato “Sólo el historiador, con la austera pasión por el dato, la prueba y la evidencia, que es inherente a su profesión, puede realmente mantenerse alerta[xv]”.

*********

Estamos a punto de que testimonios tan valiosos como el de Simone Veil[xvi] se pierdan por la ley ineludible, la de la vida. Por eso ahora que los supervivientes del holocausto nos están abandonando, debamos plantearnos, como apunta Judt, si seremos capaces de seguir honrando su memoria y cómo lo podemos hacer. Tal vez una manera sea, como sugiere la propia Veil, a través de los lugares de memoria[xvii], pero con el cuidado de darnos cuenta que la memoria de Europa no ha de ser solo la del holocausto, ni siquiera la de todas las atrocidades cometidas en nuestro espacio geográfico ya que, como nos recuerda Dummolin, también debemos hacer una memoria transnacional, y recordar “sistemáticamente a la relación con el Otro, desde la colonización,[…], hasta la guerra de Argelia, pasando por la esclavitud[xviii]

Pero una vez recordados los crímenes, una vez asumidas las responsabilidades y, sobre todo, una vez honradas las víctimas, una vez hecho ese acto de contrición por parte de todos y cada uno de los países, una vez que hayamos mirado a los ojos de nuestro pasado, será conveniente, como sucedió con la Historikerstreit, que lo historiadores seamos capaces de situar justamente cada cosa en su sitio para poder, ahora sí, construir un futuro común para Europa.


[i] Hobsbawm, E. J. Historia del siglo XX. Labor Universitaria. 1991. P. 20.

[ii] Aforismo del filósofo hispano-estadounidense recogido en LOZANO, A. El holacausto y la cultura de masas. 2010. Melusina. Madrid, p. 121

[iii] Recogido en el prólogo escrito por el Catedrático en Historia Contemporánea Carlos Forcadell  en GRACIA, F. y SIERRA, G. Abanderados del socialismo. Historia de las Juventudes Socialistas de Aragón. Gobierno de Aragón,2010. P. 23

[iv] 4  Resolución del Parlamento Europeo, de 2 de abril de 2009, sobre la conciencia europea y el totalitarismo. Punto 16. http://www.europarl.europa.eu/sides/getDoc.do?pubRef=-//EP//TEXT+TA+P6-TA-2009-0213+0+DOC+XML+V0//ES

[v] Resolución PE, 2 de abril de 2009, punto 4

[vi] Resolución PE, 2 de abril de 2009, conideración G

[vii] Judt, T. “Desde la casa de los muertos. La memoria europea contemporánea” Claves de Razón Práctica nº. 166. Octubre de 2006

[viii] Pennbaker y Crow, explican desde el campo de la psicología la necesidad de que pasen 20-30 años hasta que comienza la fase en que es posible el recuerdo. Tony Judt explica esta tardanza, sobre todo la de los estados, atendiendo a las circunstancias histórico-políticas del momento.

[ix] Judt hace especial referencia a Austria, Suiza, Holanda y Francia.

[xi] Mazower hace esta interesante observación en cuando al genocidio Ucraniano, y sobre si Stalin “toleró o consintió” la muerte de millones de Ucranianos por cuestiones racistas o políticas.  Mazower, M. “Violencia y Estado en el Siglo XX” Historia social nº 51, 2005, pp.139-160

[xv] Judt, T. “Desde la casa de los muertos. La memoria europea contemporánea” Claves de Razón Práctica nº. 166. Octubre de 2006. P. 14

[xvii] Esto puede llevarnos también, como postula Jean-Pierre Vernant al peligro de una oficialización de la memoria: “Los monumentos son el recuerdo. Ello implica una institucionalización de la memoria, obligatoria, necesaria.” http://clio.rediris.es/clionet/articulos/memoria_guerras.htm

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