El contubernio de Múnich, un puente hacia la democracia sobre el río de sangre español

Memoria del IV Congreso del Movimiento Europeo, celebrado en Múnich en junio de 1962 [i]

El contubernio como recuerdo de sus protagonistas

En el año en que se cumple el cincuenta aniversario del famoso “Contubernio de Múnich”, he tenido la fortuna de asistir a una conferencia impartida por dos de sus protagonistas, Don Fernando Álvarez de Miranda y Don Carlos Bru Purón, ambos representantes moderados de la derecha y la izquierda española, respectivamente. Dos demócratas sin tacha que en los años 60 militaron juntos en Izquierda Democrática, partido que aglutinaba sectores de la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia. Aunque posteriormente uno terminara en UCD y el otro en el PSOE, si miramos el conjunto de su carrera política veremos dos líneas comunes, la democracia y Europa, que surgen de un tiempo y de un lugar concreto, Múnich 1962.

Si bien desde el primer momento la propaganda franquista intentó descalificar la reunión de Múnich convirtiéndola en una traición a su España y, hasta hace bien poco, la historiografía de la transición, con alguna excepción[ii], ninguneó la importancia de esta reunión, basta con conocer el nombre de algunos de los 118 delegados españoles asistentes al Congreso (38 del exilio y 80 del interior, como bien recordó Álvarez de Miranda)  para intuir que lo que sucedió en Múnich fue más que una simple reunión. Si además de mirar esa lista de nombres, nos preocupamos de conocer tanto las declaraciones oficiales del momento como las que han guardado en su memoria los protagonistas, podremos entender y comprender la importancia de tal evento.

Álvarez de Miranda dice de Múnich que fue un intento idealista para promover la democratización, que el encuentro fue muy difícil de realizar y, si se hizo, fue por la voluntad de unos hombres inquietos que no veían futuro en el Franquismo. Destaca la importancia de la Universidad Complutense y el Colegio de abogados de Madrid, muchos de cuyos miembros fundaron, en 1954, la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), compuesta al principio por un grupo muy reducido que poco a poco se amplía con personas de diversas ideologías. Álvarez de Miranda rememora algunos nombres como el de uno de sus primeros directores, Francisco de Luis, o el de José Llanguas, Catedrático de derecho internacional. Por el lado del exilio estaba el Consejo Federal del Movimiento Europeo, que funcionaba desde 1948, primero presidido por Salvador de Madariaga y luego por Rodolfo Llopis, del que también formaban parte un nutrido grupo de representantes del exilio próximos al nacionalismo vasco y catalán.

Desde las universidades de Zaragoza, Oviedo, Sevilla, y Granada, y desde la AECE se propone un encuentro con el Consejo en el exilio para estudiar si la unidad europea puede servir para democratizar España.  Pero como apunta Álvarez de Miranda ni siquiera sacar adelante el encuentro fue tarea fácil, ya que recuerda hasta tres intentos para celebrarlo. El primero en Estrasburgo, cuya celebración es impedida por la diplomacia española, un segundo intento en Palma de Mallorca, que tras ser previamente autorizado finalmente se prohíbe, hasta que al tercer intento consiguen reunirse en Múnich, en el Congreso Internacional del Movimiento Europeo, al que son oficialmente invitados esos 118 españoles por Maurice Faure y Robert Van Schendel, dos personalidades relevantes del Movimiento Europeo.

Pero no será solo este el escollo que los protagonistas de este encuentro tengan que superar. Para los representantes del interior es un paso que saben los va a poner en peligro. “A pesar de todo” – cuenta Álvarez de Miranda- “el ideal tenía que empujar la realidad vivida”. Así, con la fuerza y la convicción de los ideales, fueron a Múnich a encontrarse con quienes tuvieron que abandonar España para poder ser libres, para poder evitar, en muchos casos, su desaparición física.

Por eso no es de extrañar que recuerden con tanta viveza los primeros momentos de tensión ya que, no en vano, se reunían personas que apenas 20 años antes se estaban pegando tiros entre ellas. Había miedo, sí, pero también había emoción “por romper ese muro entre la España Republicana y el interior, por tender un puente sobre el río de sangre que había separado a los Españoles”.  Fundamental para poner los primeros ladrillos de ese puente recuerda que fue la visita a lo que había sido el campo de concentración nazi de Dachau por parte de miembros que habían estado en los dos bandos de la Guerra Civil. Era fundamental para terminarlo que fueran conscientes de que si unos, por querer la libertad se quedaron sin tierra, otros, por quedarse en su tierra perdieron su libertad.

Es aquí donde comienza el relato de Europa como espejo democrático. Los demócratas del interior habían encontrado en Europa el espejo en que mirarse, pero para llegar a esa Europa sobraba Franco y el franquismo, hacía falta libertad, elecciones, sindicatos, etc. Para los exiliados, representantes legítimos de los valores republicanos y democráticos, era la forma de devolver a España la libertad perdida en 1939 y que nadie les ayudó a restaurar en 1945.

Porque si algo no hay que olvidar es que, como bien recuerda Carlos Bru, el Franquismo fue totalitario, sobre todo para los no franquistas. Hay veces que teorizamos demasiado, nos introducimos en discusiones bizantinas (o interesadas) sobre el carácter del franquismo, sobre si fue fascismo o no, sobre si fue totalitario o “solo” autoritario, discusiones que pueden tener una rápida respuesta si acudimos a la voz del protagonista, ya que para el historiador tanta importancia tiene el relato de lo que pasó como el significado de lo que pasó, y para el Sr. Bru (y muchísimos miles de personas más) el Franquismo fue totalitario.

Para Bru, tal vez lo más importante de Múnich fue “ese sacrificio de juntarse y superar las diferencias de ser de dos partes antagónicas”, ya que si para los exiliados suponía reunirse con quienes habían terminado con la democracia en España, la imagen del exilio para los del interior era la que les llegaba a través de la propaganda franquista, en las que aparecían retratados como “el demonio”.

Ambos protagonistas recuerdan y nos trasladan vívidamente como fue el transcurso de las reuniones de Múnich, cómo superan las desconfianzas y los recelos iniciales, que les hacen trabajar en dos comisiones distintas para, finalmente, avanzar y ejecutar en lo que había acuerdo, pasando por alto o renunciando a condiciones que podían dificultar la elaboración de una declaración conjunta. Ejemplo de esta generosidad fue la actitud de Rodolfo LLopis que, a pesar de su Republicanismo, no se opuso tajantemente a la posibilidad de una monarquía parlamentaria y democrática.  El papel del movimiento europeo fue el de facilitador, sin intervenir directamente en la negociación pero ayudando a que discurriera por los cauces de entendimiento adecuado. Finalmente el Movimiento Europeo aprueba la declaración conjunta por aclamación. Para la historia quedan las palabras que pronunció Salvador de Madariaga en las que proclamó que Múnich supuso el fin de la Guerra Civil. Algo que a primera vista puede parecer exagerado, puesto que luego veríamos que al Franquismo le quedaban todavía unos cuantos años de buena salud, pero a la vista de quienes fueron capaces de trabajar juntos y consensuar un plan de futuro democrático para España, no parece que las palabras de Madariaga estén fuera de lugar.

Porque a pesar de la fortaleza del régimen, el contubernio de Múnich sirvió para que el Franquismo se retratará de nuevo como lo que era, una dictadura monolítica que tenía miedo a cualquier disidencia. La reacción extrema por parte del régimen nos da la medida de la importancia de la reunión de Múnich porque si tanto para la derecha histórica, representada por Gil Robles, como para la izquierda histórica, representada por Llopis este encuentro escenificaba el cierre de la herida de la Guerra Civil, entonces, ¿qué sentido tenía el franquismo? Porque es en la larga duración del Franquismo en lo que de verdad España se diferencia de Europa, porque la radicalización de izquierdas y derechas en los años 30 no es un hecho diferencial español, ni siquiera el triunfo de la derecha lo fue. Por eso, consciente de su excepcionalidad, el Régimen reaccionó duramente contra los participantes en aquella “traición”, condenándoles a un exilio interior o exterior, tan duro e injusto el uno como el otro, a pesar del buen trato que recibió Álvarez de Miranda por parte del pueblo de Lanzarote.

El contubernio en la historia de construcción de la democracia en España

Si cada país tiene que construir su propio relato europeo que sume y no reste al relato nacional, los españoles tenemos la suerte de poder iniciar ese relato no en 1986, cuando se hizo efectiva nuestra entrada en la UE, sino en el corazón de Alemania, en Múnich, cuando personas de bien de este país dieron por terminada la guerra civil, algo a lo que hicieron oídos sordos los sectores inmovilistas del régimen y buena parte de la sociedad española.

La derecha más derecha, la heredera de Franco, la que vivía “plácidamente” durante el franquismo no tuvo la necesidad de abrazar esta Europa, lo que nos puede ayudar a comprender la falta de actitud europeísta de ciertos líderes de la derecha española y su entusiasmo a la hora de abrazar una política exterior con la mirada puesta al otro lado del Atlántico.

El relato de reconciliación que retomó el contubernio[iii] no termina con la represión franquista de sus protagonistas, sino que impregnará el proceso de transición española, que ambos protagonistas reviven como un momento emocionante, como el fin de un camino que iniciaron en 1962 y que culmina con la firma de la Constitución de 1978.

Una vez conocido el relato de los hechos por la memoria de los protagonistas, y tras completarlo con una breve bibliografía, me llama la atención, como apuntaba al principio, como la historiografía canónica de la transición había concedido tan poca importancia a la reunión de Múnich. Afortunadamente, en este momento Múnich es indisociable del relato de la transición, por eso es injusto, cuando se hacen ciertas casi-hagiografías de la Transición, hablar de pilotos y naves, incluso hablar de continuidades, porque, como recuerda Tomas y Valiente, la transición fue “una sinfonía coral sin partitura, que se interpretó en un concierto sin espectadores, porque nadie se quedó fuera del escenario[iv]” por lo que no hubo ningún director, ningún piloto, pero todos supieron encontrar y hacer sonar el instrumento adecuado, que muchos afinaron, sin duda, tomando el ejemplo de Europa.

Al relato que he tenido la suerte de escuchar solo le faltaría algo de contexto histórico, un recordatorio a esas huelgas de la minería que se produjeron en ese tiempo, o a la posterior ejecución de Julián Grimau. Incluso analizar una vez que se hizo la transición, si se dejaron algo por el camino, porque a pesar del éxito del proceso, está claro que dejó algunas grietas que todavía no hemos sido capaces de arreglar.

 Pero por encima de esta pequeña laguna, me gustaría destacar, por un lado, la generosidad mostrada por las personas que estaban en el exilio, por otro, el valor de quienes desde el interior no tenían porque arriesgar, que podían haber vivido plácidamente, pero optaron por la dignidad, optaron por vivir de pie y así poder mirar a los ojos a la generaciones futuras, como hicieron un 17 de mayo de 2012 en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense. Ahora su relato es mi relato, su “obligación moral” de transmitir esa pasión por la democracia ha de ser también la de los futuros historiadores e historiadoras allí presentes.  Con este texto, que ahora mismo subo a mi blog, espero contribuir a esa tarea.


[i] Resumen de la conferencia impartida por D. Fernando Álvarez de Miranda y D. Carlos María Bru Purón, participantes en el IV Congreso del Movimiento Europeo, conocido popularmente como “Contubernio de Múnich”. La conferencia tuvo lugar en Sala de Juntas de la Facultad a las 12 de la mañana, el 17 de mayo de 2012, en el marco de la asignatura Historia de la Integración Europea, impartida por D. Antonio Moreno Juste.

[ii] Otro de los protagonistas del “Contubernio” José Vidal-Beneyto, hace un breve repaso a como la historiografía ha tratado este hecho, proponiendo hasta cuatro enfoques distintos en función de la importancia que conceden al Contubernio como influyente o no en el proceso de democratización español. En VIDAL-BENEYTO, J.: Memoria democrática. Madrid, Ed. Foca. 2007 Págs. 36-44.

[iii] Uso la palabra retomar porque, en mi interpretación, este intento por la reconciliación nacional lo podemos retrotraer al famoso discurso pronunciado por Don Manuel Azaña, “Paz, Piedad y Perdón” de 1938.

[iv] CASANOVA, J. y GIL, C.: Historia de Espala en el s. XX. Ariel. Madrid 2009. Pág. 368

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