Algo va muy, muy mal.

Una de las grandes victorias de la propaganda ultraliberal ha sido el hacernos creer que no está en nuestra mano hacer nada por cambiar las cosas. Como dice Tony Judt en su imprescindible libro Algo va mal, los primeros en tragar con esto fueron los políticos de nuestra época, tanto conservadores, como liberales y socialdemócratas, toda una generación a los que Judt no duda en adjetivar de políticos light o pigmeos, por lo pequeño, se entiende.  No le quito razón. Pero en este caso no son solo los políticos los que se han dejado engañar y los que parece han tirado la toalla sino que hemos sido la sociedad entera que durante mucho tiempo hemos estado a otra, a mirar para otro lado con la esperanza de que la desgracia le toque al otro o a pensar que no estaba en nuestra mano el poder cambiar las cosas.

Ahora parece que por fin estamos despertando, no sé si porque nos han tocado a todos o, y esto es lo que deseo, porque más de 30 años después somos capaces de recuperar algo de la fraternidad que nos hemos dejado por el camino y por fin la población renunciamos al ámbito privado para preocuparnos por la política. Sea como fuere, y aunque el motivo de la caída del caballo no es baladí, el caso es que poco a poco hemos ido creando ese estado de opinión pública del que habla Habermas y que ha de ser capaz de someter a un cierto control público la política y, mucho más difícil, la economía. Pero todavía queda mucho por hacer, porque a golpe de Decreto es muy fácil caer en el desánimo. Precisamente por eso ayer, yo mismo estuve a punto caer en él. 

Lo primero porque me enteré que en Aragón el precio del crédito para realizar un máster oficial pasa de 19 a 49 euros por lo que matricularse en el curso completo de un año rondará los 3.000 euros en la Universidad de Zaragoza.  Lo segundo porque esto es oficial desde el 19 de julio, fecha en que se publicó el decreto y, desde entonces, no he visto nada parecido a un clamor popular que proteste por ello, ni un titular de prensa avisando de tal aberración ni ningún político que diga que esto le parece inadmisible. Y lo tercero, y fue la gota que colmó el vaso, porque cuando comento el tema  con un amigo va y me suelta que “si un padre de familia no tiene tres mil cochinos euros para pagarle los estudios a su hijo que algo mal habrá hecho”. Veintitrés palabras que me sirven para certificar que Tony Judt se quedó corto en el título de su libro, porque no es que algo vaya mal, es que va muy, muy mal. Con esa sentencia tan breve mi amigo me certificó otras tres cosas:

Una: que es un carca que vive anclado en el pasado, ¿qué es eso del “padre de familia” en una sociedad tan abierta y moderna que permite familias monoparentales, matrimonio homosexual y lesbiano, matrimonio heterosexual (¡en igualdad de condiciones!)?, etc. Dos: que está forrado.  A mí mismo, a día de hoy, tres mil euros me parecen una fortuna. Y tres, y por desgracia la más grave, que vivimos en una sociedad enferma. No podemos bajo ningún concepto juzgar a ninguna persona por la fortuna económica que haya tenido o no en su vida. Y punto. Ha llegado el momento de que el criterio para valorarlo todo no sea el económico. ¿Quién nos dice que esto tenga que ser así? Y, peor aún, ¿por qué le hemos hecho caso?

Cuando me enteré de la noticia pensé en escribir un artículo apelando a la universalidad de la educación, la igualdad de oportunidades, etc. Pero al final, para hacer honor a esos liberales de pacotilla, he decidido hacerlo apelando a la libertad. Si, a la libertad que debe tener toda persona que quiere y tiene la capacidad de continuar sus estudios, que aspira a ser mejor persona y, por qué no, a transmitirlo en un futuro a próximas generaciones.  ¿Cómo puede un Estado y en este caso un gobierno al que se le llena la boca hablando de libertad, cercenar la de muchos estudiantes por la vía del precio? Porque como dice Amartya Sen la justicia se encuentra en la libertad que tienen las personas de alcanzarlas sus realizaciones, por lo tanto, la sociedad ha de poner al alcance de todos los individuos la libertad más amplia para obtenerlas. Lo importante es que las personas puedan acceder a sus realizaciones ya sea a través del Estado o de ellas misma. Y en este caso ya no es que no estén a su alcance sino que es el propio el Estado el que, en lugar de dar de facilidades, pone barreras.

Y no nos engañemos, no es una medida producto de la crisis, que va. A nadie se le ocurriría una medida de este tipo en un contexto como este si no fuera porque quiere ir más allá en esta vuelta de tuerca de su revolución conservadora.  Quieren que solo los suyos accedan a ese tercer ciclo que da acceso a los Departamentos, a las Cátedras, en definitiva a los puesto de poder y prestigio en la universidad y, por extensión, en la sociedad. La universidad es uno de las pocas cosas que les queda por atracar. Y van a por ella.  

¿Qué podemos hacer para defenderla? No es fácil la respuesta. Pero al menos si es sencillo saber lo que NO tenemos que hacer: permanecer callados. Eso sería el reconocimiento de nuestra derrota. Nuestra victoria ha de venir por recuperar la voz y la palabra, llamando las cosas por su nombre, denunciando lo que esté mal aunque sea legal y, sobre todo, ser honestos con nosotros mismos y reconocer también cuando los nuestros hacen algo mal o, simplemente, callan y otorgan. Hablemos, gritemos y protestemos todos y todas juntos. Pero mejor hoy que mañana.

 

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