Más democracia=más socialismo

A lo largo de la historia, el PSOE ha mantenido ciertos rasgos identitarios que le han dado una coherencia que ha sido premiada en distintas citas electorales. Quién vota al PSOE sabe que lo está haciendo por un partido que, en la mayoría de las ocasiones, apuesta por lo Público, sobre todo en Sanidad y también en Educación (a pesar de la concertada), que cree, normalmente, en un Estado fuerte capaz de garantizar la prestación de estos y otros derechos, y que garantiza (cierta) distribución de la renta, entre otras muchas cosas que se nos suponen. Y digo se nos suponen porque en función de cuanto más cerca o más lejos estamos de estos presupuestos es cuando los ciudadanos nos dan o nos quitan su confianza, así de sencillo.

También hay otras características que se han dado a lo largo de la historia de nuestro partido que se han diluido hasta ser casi irreconocibles, como nuestro pacifismo, enraizado desde los tiempos de Pablo Iglesias y sus campañas de “Guerra a la Guerra” que tuvo un reverdecer con el “No a la Guerra” que enarbolamos junto a la sociedad contra la invasión de Irak. Pero otras virtudes las hemos perdido completamente, y así lo está interpretando la gente, sobre todo en dos asuntos:

El primero es que siempre habíamos estado con los que más lo necesitaban, pero en los últimos tiempos esto se ha visto empañado por la sensación que hemos dado de haber gobernado para los banqueros, para las eléctricas, para los que más tienen en general, mientras que echamos todo el peso de la crisis sobre la clase media. Lo segundo era la capacidad del PSOE de ser vanguardia de la sociedad, de estar, como poco, al lado y muchas veces por delante de las exigencias de la sociedad: lo estuvimos cuando la mayoría de nuestro grupo parlamentario votó a favor del voto femenino en 1931, cuando aprobamos en los 80 las primeras leyes del aborto o del divorcio, o más recientemente con la ley de dependencia o la del matrimonio homosexual. Leyes progresistas y valientes.

¿Qué ha sido de todo esto? ¿Dónde estaban nuestros reflejos y, sobre todo, nuestra valentía cuando estalló la crisis? ¿Por qué hemos tardado tanto en ponernos al lado de los desahuciados (si es que lo hemos hecho)? ¿Por qué no estamos haciendo la oposición que nos está reclamando la sociedad y que ella si está haciendo? ¿Por qué no nos hemos unido al grito que reclama más democracia? Si somos socialdemócratas hagamos socialdemocracia (y olvidémonos de los cantos de sirena del liberalismo).

No se trata de pedir perdón como un acto de contrición cristiana, se trata de ser coherentes de nuevo, de apostar por más democracia y por más socialismo, solo así, siendo lo que hemos sido, volveremos a tener vocación de mayoría, porque la vocación de mayoría se gana estando al lado de la ciudadanía y no sentado en los Consejos de Administración de las eléctricas.

Esta reflexión me surge tras haber hecho un breve informe sobre las trampas de nuestro sistema electoral actual. Un debate, como tantos otros, en el que hemos mirado para otro lado durante muchos años, y así nos va. Porque algo que puede parecer baladí no lo es, además de que democracia no es votar solo cada cuatro años, habría que poner la lupa en cómo votamos, y no me refiero solo a si las elecciones son “honestas, periódicas y limpias” como dice Huntington, si no que se hace necesario conocer la ley electoral bajo la que se celebran esas elecciones, ya que la experiencia nos demuestra que cuando la ley cambia, cambia el resultado y que cada ley genera unas relaciones distintas entre electores y elegidos. En este momento nos regimos por una ley que, con mínimas variaciones, es la misma que salió en 1977 de la cocina del tardofranquismo. Tal vez, treinta y cinco años después, sea hora de que los socialistas reconozcamos los fallos de la misma y apostemos por democracia de más calidad. La ciudadanía ya lo está haciendo. ¿A qué esperamos?

Podéis ver el artículo sobre nuestro sistema electoral aquí.

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