Escraches: cepillar el presente a contrapelo

Corren desbocados ríos de tinta llenos de argumentos sobre los escraches, unos para demonizarlos, otros para sacralizarlos y otros pocos más que están en el si pero no, desde un buenismo que, quiero creérmelo, es bienintencionado. Es tan caudalosa la riada que es difícil no dejarse arrastrar por una u otra corriente, a mi han estado a punto de hacerlo dos, la del buenismo y la del apoyo sin reservas a los escraches. Durante unos días he estado entre dos aguas o, mejor, entre dos orillas, porque no me he dejado llevar por la corriente hasta tener claro donde prefería mojarme (nunca mejor dicho).

Tras un proceso de maduración, de diálogo interno y externo, me he zambullido sin ambages en las aguas de apoyo al escrache.  ¿Cuál ha sido el camino que me ha llevado de una orilla a la otra? Cómo no podía ser de otra manera, he seguido el camino de la Razón (si hubiera seguido el camino de la pasión, el de las tripas que dice mi amiga Esther, ni siquiera me habría planteado la posibilidad de vadear otras aguas).

A esta conclusión he llegado con mucha  calma y reflexión, leyendo varios artículos que defienden está práctica (1, 2 y 3) y otros que la entienden pero la niegan (1, 2 y 3 ), de los que la demonizan  ni me molesto en dar cuenta, daos un paseo por la TDT-Party y allí os podéis suministrar una  sobredosis de su violencia, que esa parece ser que es lícita.  De los segundos, los que denomino escritos desde cierto buenismo al que somos proclives los de izquierdas, no niego que han estado a punto de convencerme y, sobre todo, me han hecho reflexionar y dudar: ¿Será cierto que ahora el debate está en los escraches y no en quienes lo provocan? ¿Nos pone a la altura de otros alborotadores de derechas? ¿Hemos cruzado alguna línea roja? Y así unas cuantas dudas que atacan mi sentido democrático y de estado, que diría aquel.

Por suerte, ante la duda, ha aparecido un filosofo a recordarme otro filosofo (gracias Santiago por traerme a Walter Benjamin) lo que me ha llevado a darme cuenta que a cualquier otra razón se ha de imponer la razón ética y moral, razón que nos ha de poner, siempre, al lado del oprimido. Aquí es donde surge Benjamin, que nos recuerda, mediante la figura del trapero, a los que se quedan atrás, porque al trapero “no se le oculta que el sistema funciona creando desechos”, que estos desechos “son una realidad del sistema y también la metáfora de la exclusión” (Reyes Mate).

También nos ofrece el filosofo alemán la metáfora del Angelus Novus[i] como “ángel de la historia” arrastrado por una tormenta que mira con “ojos desorbitados” las ruinas del pasado que ya no puede recomponer porque se lo lleva una tempestad llamada “progreso”.  Yo no quiero ir a ese  futuro a cualquier precio, tampoco quiero quedarme en el camino ni que ese ángel de la historia se avergüence de mirar al pasado. Yo no quiero esperar a que los historiadores del futuro tengan que cepillar la historia a contrapelo en busca de los vencidos[ii], yo quiero cepillar a contrapelo el presente para que salten (saltemos) a la vista de todos aquellos que viven en otro mundo y no nos quieren ver. Y esto es lo que hacen los escraches, cepillar a contrapelo nuestro presente. 

Por esto estoy a favor de los escraches. Primero  porque  son tan comprensibles que dudo que no sean lícitos. Siempre y cuando no haya violencia física es otra manera (tal vez la única) de hacer visible el drama: al que le van a embargar su casa se va todos los días a la cama con el miedo de si mañana (y el resto de sus días) tendrá donde dormir. Visto esto, tal vez sea bueno que los que viven en otra realidad sepan lo que es el miedo, si no es ese, otro parecido, una pequeña angustia o, al menos, una molestia que les recuerde cada día que hay alguien que sufre por culpa suya.

En segundo lugar, hay que recordar que si en un momento fueron posibles los estados de bienestar fue por el miedo que les dio a los poderosos una clase obrera organizada (entre otros muchos factores como alguna guerra mundial de por medio, etc.). Pero una vez la plutocracia ha sido capaz de diluir la conciencia de clase como un azucarillo, (que no la sociedad de clases) su festín estaba listo. (No me entretendré en analizar como ha sido este proceso de eliminación de la conciencia obrera, para eso remito a  Hobsbawm que explica muy bien esta revolución social en su Historia del s. XX.) Así pues, si desde el escrache podemos incordiarles un poco y decirles aquí estamos de nuevo y vamos a defender no solo nuestros derechos sino también nuestra dignidad, pues bienvenido sea.

En tercer lugar y ante las dudas buenistas yo me reafirmo en mi opinión: ¿Qué los abortistas escrachean a las puertas de una clínica a las mujeres que acuden? Por supuesto que lo criticaré, atenta contra la libertad y la dignidad de la mujer. ¿Que escrachean a De Guindos o a Montoro? Pues tal vez sea la única manera de que sepan como sufrimos los pobres gracias a sus políticas con las que nos están asfixiando sin ruborizarse si quiera. Como me ha recordado Santiago, puede que el escrache sea  “desorden social y amenaza a derechos individuales, pero hay que ser un cínico o un picaflor para obviar que eso ya lo sufren los desahuciados y todas las víctimas de la crisis [o sea, del capitalismo]”. 

 Y ellos, insisto,  nunca van a saber lo que es el miedo a no poder pagar la luz, ellos no van a sentir la angustia de no saber si podrás pagar  el alquiler, ni tendrán que mirar nunca el precio de los patatas, no van a saber nunca como se vive (o peor, como se muere) con angustia.  Porque banqueros, inversores, empresarios, políticos  y demás calaña similar viven en un mundo paralelo, construido con nuestro sudor (y por extensión con nuestro dinero),   donde les crían a sus hijos, no les faltan  propiedades (incluso en más de un continente), un mundo en el que si su nómina no les parece lo suficientemente obscena la completaran con su correspondiente sobre. Y como nunca van a sentir ese tipo de  miedo, el terror absoluto que siente la persona que se suicida porque la dejan sin futuro,  tal vez por eso, haya que recurrir a que tengan otro tipo de miedo pero no porque quiera que tengan miedo ellos, sino porque quiero dejar de tenerlo yo.

….

[i] Benjamin, W. “Sobre el Concepto de Historia” párrafo IX en Benjamín, W. Obras, Libro I/vol.2, Ábada Editores,   Madrid, 2008 p. 320

[ii] Benjamin, W. “Sobre el Concepto de Historia” párrafo VII en Benjamín, W. Obras, Libro I/vol.2, Ábada Editores,   Madrid, 2008 p. 309

Angelus Novus, de Paul Klee

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2 respuestas a Escraches: cepillar el presente a contrapelo

  1. Rubén dijo:

    Pues yo te recomiendo el artículo de Cristina Fallaras, “Carta abierta a Fernando Savater y Rosa Diaz”. Hace nada que acabé un pequeño libro de la misma autora, “A la puta calle”, que “sangra” por las heridas. Encantado. Veo que buscas buenas compañías.

  2. pakogracia dijo:

    Escuché una entrevista a Cristina Fallarás ayer mismo, hablando de su experiencia. Me apunto el libro. Gracias

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