Hannah Arendt y el juicio a los teleoperadores

El famoso y polémico libro de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén no es solo el relato de uno de los juicios más famosos de la historia, el proceso contra Adolf Eichmann, Obersturmbannführer de las SS que tuvo un papel destacado en la aplicación de la Solución Final. Es también una biografía de Eichmann mediante la cual la autora consigue explicar el  contexto histórico en el que se produjo el nazismo e intenta establecer las causas y responsabilidades de los asesinatos en masa. Tal vez una de las conclusiones más interesante a la que llega, y que comparte con los jueces del tribunal, es que estos asesinatos masivos no lo son solo en cuanto al elevado número de victimas, “sino también en lo concerniente al número de quienes perpetraron el delito”. A lo hora de repartir responsabilidades el tribunal estableció que esta “aumenta a medida que nos alejamos del hombre que sostiene en sus manos el instrumento fatal”. Y es que los que se veían normalmente obligados a portar “el instrumento fatal” eran los propios judíos prisioneros colaboradores de los campos, los sonderkommandos.

De todo esto me acordaba yo en el descanso de uno mis dos trabajos, el de teleoperador, un trabajo que, por mi experiencia, que en parte os voy a relatar ahora, se puede considerar de “explotación en masa”. Así, en esos veinte minutos de reloj me dio por pensar quienes eran, o somos, los responsables de esta explotación laboral. Inmediatamente me vino a la cabeza el pasaje del libro de Arendt que os he comentado, puesto que para explotar a una masa de trabajadores, debe haber dispuesta una masa de personas para llevarla a cabo o, al menos, para consentirla. Me di cuenta que los responsables éramos muchos, desde los trabajadores que lo soportamos, hasta las más altas instancias que generan y se benefician de esta situación. También, como en el caso de la Solución Final, cuanto más arriba se encuentra uno en la cadena de explotación mayor es su responsabilidad y, en el caso que nos ocupa, implica un mayor beneficio pecuniario. (Huelga decir que no es lo mismo el salario de un teleoperador que el de un miembro del consejo de dirección de una empresa que pongamos se llama Sordafone).

Para entender todo esto nada mejor, como diría Jack el destripador,  que ir por partes: en el primer peldaño de la responsabilidad estaríamos los propios trabajadores que soportamos esta explotación sin rechistar; también son responsables los sindicatos, ya sea por falta de fuerza o dejación de funciones; más arriba las ETTs que hacen el trabajo sucio a la empresa que las contrata y está por encima de ellas, en este caso, imaginemos, que es Cagato-Huelemal, la responsable de un Call-Center en, supongamos, Madrid para los servicios de atención al cliente de una compañía llamada, digamos, Sordafone, que se sitúa en lo más alto de la escalera de explotación. Flotando entre todos como un ente invisible está, y esto si que es un suponer, el Estado, puesto que permite que sus ciudadanos sean explotados.

Empecemos por el principio, por las trabajadoras. Para que nos entendamos todas, una teleoperadora supongamos de Sordafone no trabaja para Sordafone. Si tiene suerte y lleva años trabajando lo hace para la empresa que subcontrata Sordafone, la supuesta Cagato (antes conocida, supuestamente, como Mierdatel)  Pero si es un teleoperador que lleva poco tiempo, y poco tiempo en estas empresas puede ser hasta dos años, ni siquiera trabajará para esa supuesta Cagato sino que lo hará para una de las tres ETTs (pongamos que se llaman Texploto, Melucro y Testafo) que subcontrata Cagato para que le gestione  las entradas y salidas de carne fresca, digo de más teleoperadores.

Podemos pensar que las teleoperadoras somos las primeras responsables de nuestra propia explotación puesto que desde el primer minuto sufrimos estoicamente unas condiciones laborales espantosas. En primer lugar el curso de formación ni siquiera está pagado, oscila entre dos y tres semanas a siete horas diarias. Si lo superas pasas a trabajar para la ETT, que te prorratea todo lo prorrateable: las pagas extras, las vacaciones y todo lo que se ponga por delante, por lo que en tu primer año de trabajo olvídate de las vacaciones. Aunque lo más normal es que te tengas que olvidar de tu primer año de trabajo, o de tu primer mes, porque raro será que no te despidan antes. De algunas formaciones (supongamos que la mía) en menos de una semana despiden a más de la mitad, incluso te pueden llamar un domingo para decirte que el lunes ya no vayas. Pero no desesperes, si te despiden a lo mejor tienes suerte y a los dos días te llaman de nuevo para hacer otro curso de otras tres semanas gratis para otro departamento de la misma (y supuesta) Sordafone. Lo que cobran estas empresas por cada curso de formación es un misterio que ni siquiera Iker Jiménez se atreve a investigar

Si todavía tienes más suerte y has sido uno de los afortunados que han pasado el periodo de prueba, conseguirás  un maravilloso contrato por “circunstancias eventuales de la producción”  para un mes, o dos si ya eres súper afortunada. No voy a entrar en el día a día del trabajo, tal vez lo cuente en otra ocasión, solo apuntaré que la presión para alcanzar tu objetivo de llamadas atendidas/hora es ejercida normalmente por otros trabajadores convertidos en sonderkommandos, que aquí se conocen popularmente como coordinadores.

Es difícil entender como soportamos este nivel de explotación, pero cargar la culpa de esto a las trabajadoras que tragamos es casi como decir que los judíos iban como corderos a los campos de concentración. Arendt demuestra en su libro que sí que hubo conatos de resistencia, pero esta resistencia era respondida con más represión y con una muerte más cruel si cabe. Aquí también podemos encontrar ejemplos de resistencia y gente que dice no a estos trabajos, pero la mayoría de la gente tenemos la fea costumbre de comer y de calentarnos cuando hace frío, que le vamos a hacer.

De los sindicatos casi se puede decir que ni están ni se les espera. Pero echar la culpa sobre sus hombros tampoco me parece justo. Sometidos a un proceso de desprestigio y debilitamiento, en ocasiones ganado a pulso, no tienen la fuerza ni las armas suficientes para enfrentarse a esta colosal explotación. Pero a pesar de lo poco que pueden hacer no quiero ni imaginarme como estaríamos sin ellos, y si se los quieren cargar será por algo,  por lo que solo me queda pensar que ya que están tan presionados desde arriba debamos intentar sostenerlos desde abajo.

Para entrar en harina hay que pasar a las ETTs, brazos ejecutores de esta política de explotación. Son ellas las que te contratan y ellas son las que te despiden, pero ni ellas deciden porque te contratan ni porque te despiden, son meras comparsas que se dedican a sacar tajada de este tráfico de seres humanos, digo de teleoperadores. Son capaces de llamarte un domingo para decirte que al día siguiente no vayas a trabajar o, como en otras empresas similares (supongamos PIGs) llamarte para despedirte cuando vas en el autobús de empresa a trabajar a un destino tan cercano de unos cien kilómetros. En definitiva, estas empresas son la Mercedes Milá de Gran Hermano, ella solo te dice cuando entras y cuando sales. Quién decide es el Gran Hermano que te vigila.

¿Y quién ese Gran Hermano? Cagato-Huelemal, que todo lo controla: te dice cuándo estás cansado y debes tomar tus cinco minutos de pausa en pantalla, te dice la hora en que debes comer, tal vez las 11 de la mañana, te dice  las llamadas que debes atender cada hora y la duración que han de tener. Y ojo no te pases 50 segundos en uno de esos descansos de cinco minutos  que te caerá una nominación en forma de falta leve (y no es una metáfora sino un caso real). Eso sí, también te dice que debes mantener una sonrisa telefónica a pesar de que te estén puteando.

Pero si las ETT son unos mandados de Cagato, Cagato es el mandado del todopoderoso dios Sordafone, padre de todas las explotaciones que me dice que debo ser Sordafone y sentirme como si la empresa fuese mía  a pesar de que la realidad me dice que trabajo para una empresa que ha contrato la empresa a la que ha contratado Sordafone. Pero yo soy Sordafone: esa compañía a la que se le llena la boca con sus campañas solidarias pero que es la responsable de la miseria de miles de trabajadores, esa empresa que se puede gastar miles de millones de euros en comprar otras compañías pero que tiene a sus teleoperadoras subcontratadas cobrando la mayoría 6,8 euros la euro la hora y sin vacaciones. Y lo peor de todo, lo hace con nuestro dinero, con el que le pagamos los más de diez millones de clientes que tiene en España que se suman a los más de cien que tiene en todo el mundo.

Para terminar este entretenido catálogo de responsables tenemos al Estado, que permite con sus leyes esta caterva de subcontratas que podrían considerarse cesión ilegal de trabajadores, que insufla dinero a través de los cursos de formación y que en lugar de intentar mejorar la situación de las trabajadores, alardea por el mundo de lo barata que es la mano de obra en España. Tal vez alguien pudiera intentar exculpar al gobierno de todo esto, diciendo que con las mismas leyes hay empresas que tratan mejor a sus trabajadores, pero lo que debería hacer es regular el mercado laboral para que ninguna empresa pueda enriquecerse a costa de la necesidad de las personas.

Pero al igual que decía Hannah Arendt al final de su libro, esta culpa colectiva no debe servir para diluir la verdadera responsabilidad de los auténticos culpables. Los trabajadores no tenemos la fuerza para luchar contra esto, algunos incluso no se dan cuenta de hasta que punto están siendo explotados, porque como apuntaba León Tolstoi en Anna Karenina “No existe situación en la vida a la que el hombre no pueda acostumbrase, especialmente si ve que es aceptada por todo el mundo a su alrededor” o como dicen en mi pueblo “el burro se acostumbra a los palos”. En nuestro caso es la necesidad y el miedo la que nos acostumbra a esos palos, o al menos a soportarlos, eso sí, siempre con dignidad, haciendo nuestro trabajo como mejor sabemos, aunque no importe. Solo me queda apelar que al menos recurramos a la palabra, que seamos capaces de reconocer la injusticia y denunciarla, porque como recogió la sentencia a  Eichmann la ilicitud “debe ondear como una bandera negra, como un aviso que diga prohibido”. Amen.

 ….

Las empresas mencionadas en los ejemplos así como los demás datos son ficticios. El que cualquier parecido con la realidad sea mera coincidencia o no ya es otra cosa. Quién se de por aludido será que algo de culpa tiene. Digo yo. 

 

 

 

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2 respuestas a Hannah Arendt y el juicio a los teleoperadores

  1. carmelo romero salvador dijo:

    Cuánto problema representáis, querido Paco, los trabajadores pensantes. No me extraña que el capital quiera matar el pensamiento crítico. Es su principal enemigo. Y tu artículo, brillante, es una prueba. Ya lo decían los liberales -también los liberales progresistas- del XIX: la inteligencia sin propiedad es muy peligrosa. Seamos peligrosos, abonemos la inteligencia.

  2. Pingback: 21 de mayo de 2014, núm. 225-233 « Andalán.es

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