El funeral de la socialdemocracia

Cuando muchos nos estamos preguntando dónde está la socialdemocracia en estos tiempos de crisis viene algún dirigente del PSOE  a decirnos que no la busquemos, que ya se encargan ellos de  ir organizando su funeral. Es lo que se desprende  de la entrevista que realiza el diario El País a un “joven” político socialista, que ha escrito un libro y todo,  donde podemos encontrar afirmaciones tan ingeniosas como está en la que dice que “Los ciudadanos ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo.”  No voy a entrar en el qué y cómo se define la ciudadanía, pero si  está claro que una frase así define a alguien que no ha trabajado en su vida o, para no ser injustos del todo, no ha tenido un trabajo duro o una situación económica precaria, porque en  el mundo en el que vivimos, después de la salud, es la fortuna económica lo que determina la posición  y, ahora, incluso el bienestar de los ciudadanos en la sociedad.

Por supuesto que habrá que esperar a poder leer su  libro (Ser hoy de izquierdas: Por una izquierda moderna y ejemplar) para hacer una crítica en profundidad, pero respondiendo a lo que leemos en la entrevista podemos afirmar que nos encontramos ante un relato tan edulcorado como peligroso. Edulcorado porque lo envuelve en palabras bienintencionadas con las que todos podemos estar acuerdo, como no puede ser de otra manera.

Por su puesto que debemos “Dar respuesta a indignaciones concretas: la medioambiental, la social, la de las opciones sexuales…” ¿quién, desde una posición de izquierdas, niega esto? Claro que hay que luchar por todas estás causas, ¿pero acaso  ser homosexual te hace inmune a la explotación laboral? Esto es lo peligroso  del razonamiento de Moscoso, que le sirve para encerrar bajo siete candados  el discurso (y la realidad) de la existencia de la sociedad de clases. Comparto su afirmación de que la conciencia de clase se ha diluido pero que se haya diluido no significa que no existan, lo que significa es el triunfo de los arriba, un trabajo que han realizado de forma minuciosa y, por lo que se ve, con un éxito abrumador.

 Parece que hemos olvidado que si en un momento fueron posibles los estados de bienestar fue por el miedo que les dio a los poderosos una clase obrera organizada (entre otros muchos factores como alguna guerra mundial de por medio, etc.). Pero una vez la plutocracia ha sido capaz de derretir la conciencia de clase como un azucarillo, (que no la sociedad de clases) su festín esta listo, y han comenzado comiéndose la socialdemocracia. (No me entretendré en analizar como ha sido este proceso de eliminación de la conciencia obrera, para eso remito a  Hobsbawm que explica muy bien esta revolución social en su Historia del s. XX.)

 Por lo demás, poco lugar a la esperanza deja una  entrevista que recoge párrafos como el siguiente:

 En cuanto a movimientos sociales como el 15-M, en el libro se felicita de que, “por suerte”, esa protesta no llegara a ofrecer una “alternativa al sistema institucional” actual. ¿Por suerte para quién? “El 15-M se podía haber convertido en un partido antisistema o algo peor […]

 Y aunque enseguida trata de suavizar esta afirmación diciendo que “la izquierda democrática está en las instituciones, con la fuerza de las leyes y los votos. La izquierda no rodea Parlamentos” no deja de ser todo un envoltorio de buenas palabras y modernidad que no consigue disimular cierto hedor a posmodernidad.

 Como decía, habrá que esperar  a leer el libro entero,  aunque recomendaría a Moscoso que mientras yo me leo el suyo el se leyera el brevísimo ensayo titulado Algo va mal, de Tony Judt, , un autor  nada sospechoso de ser un revolucionario, más bien era un socialdemócrata moderado, pero que abogaba por recuperar el discurso de clase por encima del de las identidades y que, sobre todo, plantea que hay que cambiar un mundo en que el éxito personal se mide en  función de la fortuna económica que haya tenido o no cada persona. Decía Judt que una de las grandes victorias de la propaganda ultraliberal ha sido el hacernos creer que no está en nuestra mano hacer nada por cambiar las cosas y  que los primeros en tragar con esto fueron los políticos de su (nuestra) época, tanto conservadores, como liberales y socialdemócratas, toda una generación a los que no duda en adjetivar de políticos light o pigmeos. Por lo pequeño, se entiende (y se ve).

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