LO QUE QUIERO DE VISTALEGRE II

Escribí hace unos años en mi blog un artículo que titulé “Me duele el Congreso”. Concretamente en septiembre de 2012. Contaba, entre otras cosas,  que me dolía verlo parapetado tras vallas de dos metros de altas por la alarma que suscitó en el Gobierno la convocatoria popular “Rodea el Congreso”. Daba pena ver la casa de todos  bunkerizada como ni siquiera la había visto en los peores años del terrorismo de ETA.

Me preguntaba en aquel momento cómo se había producido ese divorcio entre  representantes y representados o, lo que es lo mismo, entre la clase política y el pueblo. Intenté responderme  acudiendo a mi experiencia laboral de seis años en el parlamento y lo que pude observar en aquel tiempo.  Recuerdo que escribí que se podía entender si atendía a la división de las tres tipologías de diputadas y diputados que, de manera algo reduccionista pero bastante útil, me había formado.

En primer lugar, entre los 350 diputados había un grupo que cumplía perfectamente con los tópicos del diputado vago, mal trabajador que solo va para apretar un botón y para aprovecharse de todos los mecanismos que el Congreso debe poner para que cualquier ciudadano/a, sea cual sea su extracción social, pueda ejercer su derecho de presentarse a unas elecciones y ser elegido. Hoy, igual que entonces, digo que no estoy totalmente en contra en contra de que ser parlamentario este bien pagado, ni de que  se paguen los desplazamientos  hechos en función del  cargo ni la vivienda en caso de que sean de fuera Madrid. Pero si he de estar en contra del uso y abuso que realizaban ciertas señorías de estas “ventajas” y creo que debieran dar cuenta de todos y cada uno de los viajes, explicar cómo, por qué y para qué los hacen. “Con transparencia y rendición de cuentas se acaba este problema”, decía entonces.

Después hablaba de un grupo de parlamentarios muy trabajadores, pero por desgracia muy “institucionalizados”, tan empotrados en la maquinaria política que habían perdido su contacto con la realidad, una especie de “déspotas democráticos” que creían (creen) que el pueblo no sabe lo que quiere y que son ellos, en su sapiencia, los que nos van a salvar del caos. Dentro de estos parlamentarios que trabajaban mucho veía otro grupo peor, que sí que eran y son conscientes de la realidad y por eso trabajaban (y gobiernan) para los de siempre, para los que de verdad tienen el poder. Lo de los primeros pensaba que tendría  solución, que más tarde o más temprano se caerían del caballo (como estábamos haciendo algunos) y que si no caían solos, los descabalgaría la sociedad (como así ha sido en gran parte). De los segundos, por supuesto, nada que esperar, siguen siendo, como lo eran entonces, muy peligrosos.

Finalmente, y cómo no todo iba a ser malo, hablaba de políticos y políticas “de verdad”, de los que eran conscientes de que son servidores públicos, los que, como diría aquel, son contingentes, y saben que su obligación es atender la voz del pueblo. Rara avis en aquel momento el Congreso, había pocos, y los únicos que yo vi estaban a la izquierda, algunos y algunas en el PSOE (aunque se les veía poco) y también en IU y los grupos pequeños.

Por esos pocos políticos y políticas me resistía a participar en la marcha de “Rodea al Congreso”. Pero finalmente asistí, sobre todo por ver con mis propios ojos lo que allí había y no esperar a que luego me lo contarán, o peor, me lo mintieran. Y lo que vi es mucha juventud, mucho estudiante comprometido, pero también gente mayor y, sobre todo, mucho PUEBLO, gente normal, gente enfadada y despechada (con razón) fruto de este divorcio en el que ya no reconocíamos a nuestros representantes. Podía haber dicho que había muchos indignados, pero al contrario, lo que vi fue personas DIGNAS siendo apaleadas (literalmente) por los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, NUESTRO ESTADO.

Todo eso y mucho más  estaba pasando antes de que naciera Podemos. En lo personal eran momentos de efervescencia política. Todavía militaba en el PSOE, eso sí, clamando por un cambio, por un giro a la izquierda, por un cambio también en el modelo de partido, pidiendo más democracia, más honestidad y más transparencia, entre otras cosas. Debatiendo con profesores de universidad que me decían que era el momento de que la gente de la calle tomará las instituciones (Carmelo, siempre tan certero), elucubrando que tal vez era la hora de que “todas las mareas se fundan en una sola pero heterodoxa marea ciudadana, un nuevo Frente Popular pero sin siglas”… pero los partidos tradicionales estaban como siempre, ciegos y sordos.

Y en esas surgió Podemos. Y empezó a decir y, más importante, a hacer, lo que ningún partido había hecho hasta el momento. Con eso ha conseguido que, casi cinco años después de escribir que me dolía el Congreso, pueda ver que la composición del arco parlamentario haya cambiado sustancialmente y  ahora se haya llenado de PUEBLO, de esas personas dignas a las que se había echado sobre sus hombros todo el peso de la crisis.

Todo esto creo que es fundamental que no se olvide en Vistalegre II: de dónde viene Podemos, quién lo forma y, sobre todo, a quién se debe.  Debemos tener cuidado de no convertirnos en esos parlamentarios institucionalizados que pierden el pulso de la calle, abducidos por la rueda de hámster a la que, en ocasiones, se parecen los parlamentos con su maraña de PNLs, mociones, peticiones de comparecencia, declaraciones institucionales, que la mayoría de las veces no tienen trascendencia para la vida de las personas. Debemos seguir estando con los de abajo, llevando sus preocupaciones al parlamento, sí, pero sobre todo acompañándoles en la legítima protesta sin la cual se hacen invisibles. Podemos debe seguir siendo la voz de los que no llegan a fin de mes, de las personas que tienen problemas para calentarse en invierno, debe estar con (y en) las mareas ciudadanas. En definitiva, Podemos debe seguir siendo el partido de esas personas dignas que de una forma u otra siguen siendo apaleadas por el Estado, porque lo que nos jugamos en Vistalegre II nos es el futuro de Podemos, es el futuro de un país.

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